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Yo no fui
Por: Horacio Marchand
Algo que debería ser tan sencillo, como adueñarse de los errores y solucionarlos, pareciera que es poco común entre ejecutivos, dueños de empresa y políticos. Y entre más inteligentes y preparados sean los líderes, más sofisticadas serán sus defensas y resistencias para admitir errores.
Es una pesadilla enfrentarse con alguien astuto y con facilidad de palabra porque saca argumentos contundentes, retuerce la realidad con laberintos de complejidad y utiliza un vocabulario que hasta el más versado puede verse intimidado. Y cuando ya nada le funciona, el líder cerrado opta por gritar y/o utilizar su jerarquía para descontar con fuerza cualquier señalamiento.
Pero hay algo peor: un líder que no se adueña de sus errores y que se lleva de encuentro a la organización, familia o país que dirige.
Esta propensión de negar los errores y tomar las críticas como personales se agrava en el caso de México.
Octavio Paz explica, o culpa, la condición autodestructiva y machista del mexicano con la conquista de los españoles en su Laberinto de la Soledad: "El macho es el Gran Chingón. Una palabra que resume la agresividad, impasibilidad, invulnerabilidad, uso descarnado de la violencia y demás atributos del 'macho' como el poder".
Quizá por esto es inédito, y está tan remoto de nuestra cultura, el que un líder abiertamente diga "me equivoqué, me hago responsable y aquí está lo que voy a hacer para enmendarlo".
Nuestros líderes son machos y siempre están en postura de fuerza; son duros, incapaces de mostrar debilidad o sensibilidad y, por supuesto, no admiten errores. El macho mexicano es perfecto en su mundo, perfecto en su imagen y perfecto en su toma de decisiones. Se rodea de sujetos y subordinados sumisos, inseguros, agachones, que sólo refuerzan su ilusión de control y aceleran la caída organizacional.
Y ante la represión, la ceguera personal, el complejo y la negación, los líderes buscan un chivo expiatorio para culparlo y sacrificarlo, con la ilusión de purgar y limpiar las culpas y defectos de los líderes.
El macho mexicano típico golpea a la mujer y le dice "te golpeo por tu culpa"; quiebra un negocio y dice "es que la situación está muy mal"; toma una mala decisión y dice "me presentaron la información equivocada"; quiebra un país y dice "fueron los enemigos de la Nación"; e incluso me ha tocado presenciar a un dueño de negocio que de plano culpó a sus clientes por la precaria situación de sus ventas y su flujo de efectivo.
Y ocurrió hace años, pero todavía no me sacudo la declaración del entonces entrenador de la Selección Mexicana que ante la derrota 2-0 favor a Estados Unidos declaró: "Perdimos ante un equipo chico que sólo buscó su ventaja, y cuando lo logró se tiró para atrás, así jugó mi abuelita y mi tatarabuelita, éstas son tácticas de un equipo chico".
¿México campeón mundial de futbol? Imposible, decimos: culpamos a la alimentación de nuestros jugadores, a la estatura, a los directivos, a la psicología derrotista, al clima. Y en el caso las Olimpiadas ni para qué hablar: seguimos enviando deportistas de todo, en lugar de concentrarnos en lo que somos fuertes e inyectar recursos con estrategia, acabamos sin enfoque y sin ganas de ganar. A nivel Olimpiadas la postura de "lo importante es competir" es sólo una excusa de mediocridad.
Y hasta los empresarios mexicanos, salvo los protegidos por leyes obsoletas y oligopólicas que rara vez levantan la voz, culpan a la globalización y a billetazos los sacan de sus oficinas, mientras que los mexicanos aguerridos emigran a perseguir el american dream y se convierten en ciudadanos norteamericanos.
Buscar o esperar apoyos gubernamentales, o para el caso cualquier otro, es una pérdida de tiempo; allegarse de chivos expiatorios es una puerta falsa, no reconocer errores es negarse a aprender, no escuchar es una receta de inflexibilidad, y la inflexibilidad es el preámbulo del fracaso. |