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Historia de un fracaso
Estrategia y Management
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 30 de Marzo de 2001 09:04
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Un fracaso suena duro. Cometer errores puede dar vergüenza. El miedo a fallar es horrible. Hay personas que equiparan su valía personal con el éxito o fracaso que tengan en un proyecto. Si una persona no la hace, uuyyy, pobre, se lo cargó la tristeza. Pero si en cambio se tiene una buena actitud hacia el fracaso, esto puede ser justamente el principio del éxito.

El mundo de los negocios, de los mercados abiertos, de la globalización, trata justamente de arriesgar. Es la naturaleza del sistema.

Los recursos se asignan de manera espontánea y se ven favorecidos aquellos que invierten en áreas relevantes, con una clara proposición de valor y que ejecutan bien.

Pero las cosas no siempre salen bien a la primera. Es más, por estadística, lo más probable es que salgan mal. Pero dependiendo de la actitud que se tenga, se puede ver como un fracaso rotundo o como una lección invaluable. Suena a filosofía, pero esta perspectiva mental, puede convertirse en la diferencia entre triunfadores y perdedores.

El fracaso tiene una connotación particular en México, empezando por su historia.

A México llegaron españoles con perfil de aventureros, sin familia, desarraigados y algunos expresidarios. La promesa era hacerse rico rápidamente, obtener propiedades, allegarse concesiones y de pasada, encontrar La Ciudad de Oro o la fuente de la juventud. Por algo el nombre de Conquistadores, venían a vencer, dominar y explotar.

A los nativos se les incorporó y se les usó. A las indígenas se les violaba o se les enamoraba, y el resultado fue un México mestizo: mitad español, mitad indio.

La clase social se definió en función de la raza: españoles-continentales (los “originales”), españoles-criollos (hijos de españoles nacidos en México), mestizos, indígenas.

La señal de éxito era cuánto territorio, cuántas mujeres y cuántos trabajadores se tenían. A mestizos y sobretodo a indígenas, se les esclavizó y se les explotó.

La ética de trabajo se desvaloró ante la explotación. La Conquista vive en el léxico común de nuestros días: si alguien nos llama por nuestro nombre, contestamos “mande”, como símbolo de “Ud. ordene”, producto de una actitud sumisa y explotada.

La forma de ganar dinero y poder, era tener buenas relaciones en el virreinato, un buen manejo de la política, y estar cerca de los centros de influencia.

Contrastando, al este de Estados Unidos, a la Piedra de Plymouth, llegaron los ingleses - Quakers, muchos de ellos- con toda su familia. La promesa era libertad de religión. Se les llamó settlers o pilgrims porque venían a establecerse y a construir una comunidad.

A los nativos se les excluyó, independientemente de la tribu -Apaches, Comanches, Sioux- los mataban y no se mezclaban; eran “diferentes” y no incorporables, ni convertibles (a la religión): “allá ellos, acá nosotros”. Acabaron por reducirlos a una minoría.

Las clases sociales apenas empezaban a formarse. La necesidad de colaborar para sobrevivir en nuevo territorio y con un enemigo común -los indios- disolvió en gran parte la segregación de los inmigrantes.

La señal de éxito era tener una casita propia, practicar libremente su religión, trabajar duro para el futuro y tener a la familia con un núcleo integrado.

La ética de trabajo lo era todo. Había que empezar de cero y construir. La misma religión imponía rituales y actitud hacia el trabajo. “La tierra de la oportunidad” el american dream, se empezó a escuchar por el mundo entero, llegaron más ingleses, italianos, judíos, alemanes, etc.

La forma de ganar dinero y poder, era con trabajo, méritos y arriesgándose como microempresarios. Fracasar era cosa de todos los días, si les iba mal en una cosa, pues a hacer otra, fácil, no problem.

La cultura empresarial y las fuerzas del mercado promueven la movilidad de recursos. Fracasar es como reasignar recursos a mejores áreas. Los norteamericanos hablan, no sin dolor, de sus fracasos y quiebras como parte natural de un proceso evolutivo.

El mexicano, se defiende y culpa variables exógenas (y vaya que sobran: devaluaciones, crisis, desconfianza, el error de diciembre, tasas altas, tramititis...); pero aún así hay gente que la ha sabido hacer. Es tentador culpar al sistema, que sin duda tiene que ver, pero es mejor adaptarse y salir adelante.

Por ejemplo los italianos, que en fechas recientes llegaron a acumular 52 presidentes en 52 años, son flexibles, irreverentes y aprenden a sacarle la vuelta al sistema. Su economía sigue creciendo.

Al Neuharth, líder empresarial y fundador del periódico USA Today, lleva esto al extremo del optimismo con un aquí no pasa nada, si acaso, cosas buenas, y dice: “Todo mundo debe de fracasar rotundamente, por lo menos una vez antes de los cuarenta. Entre más grande tu fracaso, mayor la posibilidad de éxito en el futuro. Tienes que fallarle cuando estás lo suficientemente viejo para aprender, pero todavía joven para levantarte y volver a empezar”.

Un fracaso se puede lucir como una cicatriz de guerra que manifiesta una experiencia; una fase que nos hizo madurar y una consolidación de carácter. También es evidencia de una gran lección, quizás la lección.

El fracaso se debería aceptar como parte de lo que forma a un profesionista o empresario. Créanlo, hasta los más grandes y famosos han fracasado varias veces.

En el largo plazo, se le pega a algo muy parecido a lo que consistentemente se le tira.

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