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Revolución Hacia el 2000
Estrategia y Management
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 21 de Agosto de 1998 17:50
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Si una empresa simplemente evoluciona, perderá la carrera frente a la que revoluciona. No es suficiente que la empresa pase de una etapa a otra de manera inconsciente. Se requiere de una intención revolucionaria.

Una compañía exitosa no puede dejar de innovar. Si sigue haciendo lo mismo una y otra vez, un mal día puede amanecer golpeada y en la calle, y lo peor: no saber ni siquiera por qué. Lo urgente roba recursos a lo importante. El presente sacrifica al futuro. No hay tiempo de pensar, menos de anticipar.

La evolución de las empresas es un proceso lento, inconsciente y relativamente pasivo. La evolución le ocurre a la empresa de la misma manera que la evolución de las especies en la naturaleza, y el resultado puede ser un brillante homo sapiens o una vil cucaracha.

Una revolución se busca, se piensa, se explora y se provoca. Veamos algunos componentes de la transformación estratégica de las empresas.

Una revolución es sólo una. Cuando todo es importante, nada es importante. No se puede estar en todos los frentes. La vida es de prioridades, de paretos, de sacrificios. Hacer poco bien, siempre y cuando sean las cosas correctas, es más relevante que hacer todo a medias.

Cuando cada empleado tiene su propia versión de lo que es importante para el negocio, o cuando define lo importante bajo la perspectiva de su departamento, se pierde sinergia y fuerza competitiva.

Una revolución es creativa, no reactiva. Cuando se vive en lo reactivo no se puede ser creativo. Iniciar una revolución competitiva basada en la presión y cuando ya no queda otra puede resultar peligroso.

Hay algo de los corporativos o empresas grandes que descuentan e ignoran a los problemas cuando son pequeños, aunque tengan el potencial de convertirse en monstruos. Hasta que no hace crisis algo se le da importancia.

Una revolución es una intención de competitividad. Hay revoluciones internas que sacuden a una organización pero que nada tienen que ver con el mercado.

La revolución tiene que dispararse por el camino donde se visualiza que la empresa tiene, o potencialmente tenga, una fortaleza diferenciadora que sea valorada en el mercado a favor del consumidor, y en contra de la competencia.

Una revolución es cultural. Las transformaciones normalmente se visualizan como comprar tecnología nueva, un programa de reducción de costos o la inversión en infraestructura. Pero la verdadera arma competitiva, la que no se compra con dinero y es casi imposible de copiar es la cultural.

Cuando los empleados en la compañía comparten los mismos valores, costumbres, hábitos, y se ponen de acuerdo en lo que es importante y lo que es urgente, estamos frente a una cultura competitiva. Si quieren ver cultura en acción vayan al Ritz Carlton de Cancún.

Una revolución es transformadora. Rompe viejos moldes de medición y cambia las premisas fundamentales de la compañía.

La inercia, la tradición y hasta la misma experiencia pueden ser enemigos del cambio. La gente joven en la empresa es la que está más cerca del futuro y por ende la que tiene menos invertido en el pasado. El problema es que la decisión de la transformación competitiva está en manos de gente mayor, y que paradójicamente es la que tiene más que perder al arriesgar el status quo. Dell Computers y Netscape, dos de las compañías más importantes del mundo son lideradas por dos de los presidentes más jóvenes del mundo.

Una revolución es de numerador. Entre menos burros más olotes, dice el dicho mexicano. No es malo bajar gastos y enfocarse al denominador. Pero los verdaderos triunfos competitivos son de discontinuidad y de numerador, como diría Hamel, consultor de estrategia y catedrático del London Business School.

Se trata de cambiar el juego más que competir directamente; de subir el ingreso (el numerador) frente a bajar el gasto (el denominador). Por ejemplo Microsoft es relevante por su innovación y habilidad mercadológica. Bajar gastos ni figura.

Una revolución inspira y alínea. Antes de posicionar afuera hay que posicionar adentro. La venta empieza por casa: orgullo organizacional; gente comprometida; una clara visión; convencimiento, pasión, entrega. ¿Acaso se requiere algo más para triunfar? La gente motivada que persigue una visión que ya compró se encarga de conseguir lo que hace falta. Harley Davidson es una marca que vive inspirando a empleados y clientes (ver artículo previo "La Mística Harley").

El año 2000. El cambio de milenio es mágico. Está psicológicamente cargado. Si el año nuevo nos provoca propósitos y determinaciones, qué mejor que transformarnos con el cambio de milenio.

Nada como una emocionante revolución estratégica y competitiva. Sacudir, mover, confrontar. Alto con la inercia. Hay que apagar el piloto automático. Se acabó el plazo.

Viva la revolución.

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