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¡A Mi Que Me Esculquen!
Estrategia y Management
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 22 de Enero de 2010 00:00
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Algo que debería ser tan sencillo, como adueñarse de los errores y solucionarlos, pareciera que es poco común entre ejecutivos, dueños de empresa y políticos. Y entre más inteligentes y preparados sean los líderes, más sofisticadas serán sus defensas y resistencias para admitir errores.

Es una pesadilla enfrentarse con alguien astuto y con facilidad de palabra porque saca argumentos contundentes, retuerce la realidad con laberintos de complejidad y utiliza un vocabulario que hasta el más versado puede verse intimidado. Y cuando ya nada le funciona, el líder cerrado opta por gritar y/o utilizar su jerarquía para descontar con fuerza cualquier señalamiento.

Pero hay algo peor: un líder que no se adueña de sus errores y que se lleva de encuentro a la organización, familia o país que dirige.

Por eso resulta fascinante mirar la foto de Haruka Nishimatsu inclinado en reverencia, pidiendo disculpas por sus manejos al frente de Japan Airlines (JAL), que recién se declaró en bancarrota.

Nishimatsu no habló de la situación mundial, no buscó culpables, no se escudó en el hecho de que la industria de la aviación históricamente ha sido de las más difíciles; simplemente pidió disculpas y renunció. Fascinante también escuchar a Obama, en relación al frustrado ataque terrorista del vuelo 253 rumbo a Detroit, diciendo que él es el responsable de la seguridad y que se había cometido un error.

Esta propensión de negar los errores y tomar las críticas como personales se agrava en el caso de México.

Octavio Paz explica, o culpa, la condición autodestructiva y machista del mexicano con la conquista de los españoles en su Laberinto de la Soledad: "El macho es el Gran Chingón”. Una palabra que resume la agresividad, impasibilidad, invulnerabilidad, uso descarnado de la violencia y demás atributos del 'macho' como el poder".

Quizá por esto es inédito, y está tan remoto de nuestra cultura, el que un líder abiertamente diga "me equivoqué, me hago responsable y aquí está lo que voy a hacer para enmendarlo".

Nuestros líderes son machos y siempre están en postura de fuerza; son duros, incapaces de mostrar debilidad o sensibilidad y, por supuesto, no admiten errores. El macho mexicano es perfecto en su mundo, perfecto en su imagen y perfecto en su toma de decisiones. Se rodea de sujetos y subordinados sumisos, inseguros, agachones, que sólo refuerzan su ilusión de control y aceleran la caída organizacional.

Y ante la represión, la ceguera personal, el complejo y la negación, los líderes buscan un chivo expiatorio para culparlo y sacrificarlo, con la ilusión de purgar y limpiar las culpas y defectos de los líderes.

El macho mexicano típico golpea a la mujer y le dice "te golpeo por tu culpa"; quiebra un negocio y dice "es que la situación está muy mal"; toma una mala decisión y dice "me presentaron la información equivocada"; quiebra un país y dice "fueron los enemigos de la Nación"; e incluso me ha tocado presenciar a un dueño de negocio que de plano culpó a sus clientes por la precaria situación de sus ventas y su flujo de efectivo.

Y ocurrió hace años, pero todavía no me sacudo la declaración del entonces entrenador de la Selección Mexicana que ante la derrota 2-0 favor a Estados Unidos declaró: "Perdimos ante un equipo chico que sólo buscó su ventaja, y cuando lo logró se tiró para atrás, así jugó mi abuelita y mi tatarabuelita, éstas son tácticas de un equipo chico".

¿México campeón mundial de futbol? Imposible, decimos: culpamos a la alimentación de nuestros jugadores, a la estatura, a los directivos, a la psicología derrotista, al clima. Y en el caso las Olimpiadas ni para qué hablar: seguimos enviando deportistas de todo, en lugar de concentrarnos en lo que somos fuertes e inyectar recursos con estrategia, acabamos sin enfoque y sin ganas de ganar. A nivel Olimpiadas la postura de "lo importante es competir" es sólo una excusa de mediocridad.

Y hasta los empresarios mexicanos, salvo los protegidos por leyes obsoletas y oligopólicas que rara vez levantan la voz, culpan a la globalización y a billetazos los sacan de sus oficinas, mientras que los mexicanos aguerridos emigran a perseguir el american dream y se convierten en ciudadanos norteamericanos.

Buscar o esperar apoyos gubernamentales, o para el caso cualquier otro, es una pérdida de tiempo; allegarse de chivos expiatorios es una puerta falsa, no reconocer errores es negarse a aprender, no escuchar es una receta de inflexibilidad, y la inflexibilidad es el preámbulo del fracaso.

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