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| Escrito por Horacio Marchand | |||
| Jueves 30 de Marzo de 2006 13:56 | |||
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LOS ANGELES.- “Le dije a Dios que si me daba la oportunidad de ser locutor de radio, yo ayudaría a mi gente”, y Eddie Sotelo lo hizo. Uno de los locutores de radio más escuchados de la ciudad angelina convocó a sus radioescuchas a que participaran en la marcha de inmigrantes; y lo que prometía reunir unos 20,000 se elevó a 500,000 personas. Sotelo tiene su propia historia de ilegal: se introdujo a Estados Unidos en la cajuela de un auto en 1986 y, tras 10 años de andársele escondiendo a la Migra, obtuvo su residencia legal. La idea de la marcha se gestó en un lugar muy mexicano: en la Iglesia de Nuestra Reina de los Ángeles que se considera un santuario para los inmigrantes. Ahí se juntaron Jesse Díaz un candidato doctoral y Javier Rodríguez un reportero; se propusieron hacer algo en grande. Sabían que para lograrlo necesitarían a los medios de comunicación latinos y lograron convocar a todos a junta el día 20 de Marzo para planear y “jalar parejo” en la promoción del evento. Sotelo lideró el esfuerzo con sus colegas. Por su parte el sindicato de trabajadores de limpieza (oficio típico para inmigrantes) organizó la seguridad y coordinó a los más de 100 autobuses para traer manifestantes de otras ciudades (con información de Los Angeles Times/Tomas Tizon). La voz latina se escuchó y muchos piensan que desde el fallecido líder César Chávez, no se había visto algo parecido. Los organizadores pidieron que la manifestación se hiciera en paz, recomendaron cargar banderas de Estados Unidos, más que mexicanas; no pudieron faltar los mariachis, churros, bailes, cantos. Justo ése día estaba de negocios en Los Angeles y me situaba a unas cuantas millas de donde medio millón de inmigrantes, en su mayoría mexicanos, tomaron las calles. En el lugar donde me encontraba la mayoría eran “anglos” y por un momento enmudecieron hipnotizados con las imágenes de televisión; ellos la observaban y yo los observaba a ellos. Tras unos segundos de absoluto silencio y concentración, empezaron a hacer comentarios a favor y en contra. Eventualmente todo mundo retomó lo que estaba haciendo pero seguramente fueron tocados por una energía que parecía desbordarse y salirse de la televisión. De la sombra de la ilegalidad y el aislamiento, sin miedo a ser deportados, aparecieron para manifestarse y pedir. Es que quieren más. Ya no sólo un trabajo, ahora quieren la nacionalidad. ¿Qué otro recurso les queda? Los inmigrantes prácticamente no tienen derechos: Arnold Schwarzenegger les niega licencia de manejar, Lou Dobbs los sataniza todos los días en televisión, rancheros de Arizona los persiguen portando la escopeta; no pueden tener seguro social, los explotan porque no tienen la capacidad de denuncia, carecen de voz y de foro; entonces, ¿qué queda? La nacionalidad o algún otro esquema de legalidad que los haga visibles y no invisibles; reconocidos y no ignorados. Y se les llama ilegales o incluso criminales porque rompen la ley de inmigración. Y aunque se concede que la situación no es sostenible y requiere de una solución integral y multidisciplinaria que favorezca a las partes, se tiene que ver la otra ley que se está rompiendo por los norteamericanos: la ley de la oferta y la demanda. Los norteamericanos pueden montar un muro parecido al que había en Berlín Oriental; pueden premiar, lejos de castigar, a los rancheros que toman la ley por su propia mano; pueden aprobar o no una reforma migratoria. Pero mientras siga habiendo demanda por nanas, cocineras, jardineros, plomeros, y hasta ingenieros o científicos mexicanos, los paisanos seguirán yendo para Estados Unidos. Si la oferta de ilegales se restringe, el pago por hora tenderá a subir, lo que a su vez haría más atractivo y rentable cruzar a Estados Unidos. En mi calidad de mexicano me temo que no puedo ser objetivo e imparcial al tema; también sé de otros países que han extendido permisos temporales y de los inconvenientes que surgen cuando esos permisos se terminan, así como de las implicaciones humanas que aparecen cuando los inmigrantes hacen vida con tintes permanentes y de largo plazo portando permisos de corto plazo. No está fácil. Lo que sí es que mientras se les contrate y se les remunere mejor que en México, el fenómeno no se puede detener. En todo caso habría que sancionar la demanda, no a la oferta; conforme la ley de oferta y demanda. Y esta ley, a su vez, se cimienta sobre una tercera ley, vox populi: cuando algo no lo puedes prohibir, lo que te queda es controlarlo. Al controlarlo concedes poder a la demanda existente y haces concesiones para que el asunto no se salga de las manos y pueda dirigirse. “No hay nada más poderoso que cuando a una idea le llega su tiempo”, decía Víctor Hugo, y en el tema de la inmigración ilegal ya le llegó su tiempo. Artículo leído: 939 veces. Te invitamos a participar opinando en la sección de Comentarios (0)
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