|
Los sesgos cognitivos son una consecuencia de los sistemas de "lectura rápida" con los que los humanos estamos equipados para interactuar con el entorno y la gente que nos rodea.
Por eso no hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión. De ahí que se llame impresión, porque queda grabada en el psique del observador y a partir de ahí, cualquier cosa que haga o diga la persona juzgada estará cargada de esa primera impresión.
A esto se le conoce como el efecto halo: que en base a una característica específica de una persona, ésta se generaliza y se proyecta hacia la totalidad de su personalidad, aun y cuando el resto de sus características no tengan nada relacionado con lo evaluado.
Por ejemplo, se asume inconscientemente que la gente rica, poderosa y bien parecida es inteligente, decente y humanitaria. O viceversa, si alguien tiene un sesgo previo en contra de la gente rica, inmediatamente asume que el dinero fue mal habido y que pisoteó a otros en el camino.
En el ámbito de trabajo el efecto halo también está presente. Por ejemplo, un gran vendedor es el primero en ser considerado para ascenderlo a gerente de ventas. La hipótesis es que un buen vendedor será capaz de replicar su característica e influir en otros.
Pero la realidad es que las habilidades y el perfil que se requieren para ser un directivo comercial son diferentes a las de un vendedor, y la persona promovida podría quedar fácilmente rebasada, frustrada y con un desempeño mediocre.
Del efecto halo me paso al principio de Peter, que dice que las organizaciones viven en la mediocridad en función de que la gente va subiendo de puesto hasta que llega a su nivel de incompetencia.
Este principio se puede apreciar en: un emprendedor que hace crecer su negocio, pero no sabe ser administrador; un administrador que no sabe cómo hacer crecer el negocio; un político que al convertirse en Presidente no sabe catalizar el crecimiento económico; un exitoso chef que como cabeza de restaurante se siente perdido.
En el otro extremo del efecto halo y el principio de Peter está el efecto Pigmalión que tiene su origen en un mito griego. Pigmalión, un escultor chipriota, se entrega en cuerpo y alma a esculpir la estatua de una mujer tan bella, que acaba enamorándose de ella.
Invocando a Afrodita (Venus para los romanos), la diosa del amor, le pide le conceda el deseo de convertirla en una mujer real. Ante tal devoción, Afrodita se lo concede y vivieron felices hasta el final de su vida.
Tanto lo deseó y lo esperó que se le cumplió. El mito mismo parece haberse convertido en realidad; es que cuando alguien anticipa un hecho, existen probabilidades reales de que se cumpla.
Hace algunas décadas, Rosenthal y Jacobson, a través de experimentos en una escuela, confirmaron que las expectativas de los profesores influyen directamente sobre el rendimiento escolar. Si la expectativa es alta, el trato es diferente y el alumno responde. Si esto se sostiene por varios meses, la conducta se afianza y se convierte en habitual.
¿Será esto provocado por algún mecanismo de física cuántica donde la intención tiene el potencial de materializarse? ¿Será un fenómeno de psicología social donde la expectativa activa en el psique del individuo un mecanismo de autoconfianza y logro?
El caso es que las expectativas muchas veces definen a la persona: si crees en alguien, ese alguien puede, y viceversa.
Al efecto Pigmalión también se le conoce como la profecía autocumplida; como si fuera una maldición, si es mala, o un hechizo, si es buena.
Esto es clave para los ejecutivos jóvenes -y para el caso para cualquiera- que harían bien en elegir jefes que crean en ellos y los impulsen a dar más de lo que incluso ellos mismos creen que pueden dar.
En el proceso de encontrarnos a nosotros mismos y de saber quiénes somos, está subestimado el efecto que tienen las expectativas de otros sobre nosotros; y las nuestras sobre otros. En cierta forma, las expectativas de otros nos configuran.
Por eso conviene rodearnos de gente optimista, generosa y segura de sí misma, al mismo tiempo que hay que alejarnos de los amargados, los acomplejados y los inseguros; que no salpiquen.
Todos tenemos nuestro lado oscuro, pero también tenemos una posición básica y existencial predominante. Es mejor creer y activar "pigmaliones", aunque no todos lleguen a lo esperado, que no creer en nadie.
Ahora bien, habrá que empezar por creer en uno mismo.
|