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Marca y Poder Personal (III)
Psicología del Consumidor
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 16 de Mayo de 2008 13:30
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Millones son los años que la evolución ha tomado para constituirnos como homo sapiens y hace apenas una pequeña fracción en el tiempo que nos asumimos como "civilizados". Para ser precisos, somos más bien chimpancés, ya que compartimos entre el 95 y 98 por ciento de su genética.

Al igual que otros primates: nos sale pelo tanto a hombres como a mujeres; olemos mal si dejamos de asearnos; somos aficionados a la violencia y al sexo, y, no en balde, ambas constituyen dos de las principales industrias en el mundo; nos rascamos las orejas, el pelo, los genitales; hacemos ruidos cuando comemos y no se diga cuando estamos en pleno combate o involucrados en una agitada relación sexual.

Nuestra "civilidad" se desvanece cuando hay hambre, ira, frustración, envidia, lucha territorial, amenazas a nuestros seres queridos.

Una marca personal involucra una gran diversidad de conceptos y resulta necesario reconocer nuestras dimensiones constituyentes: 1.- primitiva, 2.- psicológica, 3.- neurobiológica y 4.- vocacional. Y partiendo de ellas, configurar entonces la 5.- propuesta de valor, la 6.- pirámide de marca y sus pilares, el 7.- posicionamiento y finalmente la 8.- comunicación de la marca personal.

Estos temas los cubriré de manera general en las columnas subsecuentes y representa una invitación, a quien quiera profundizar en el tema, a que investigue por su parte y disfrute la aventura del descubrimiento.

Es en la síntesis de estos componentes, en la amalgama de variables, donde se constituye la esencia de marca.

Regresando entonces a la dimensión física, viene al caso John Medina, un académico en biología molecular, que insiste en sus 12 reglas para sobresalir en la vida contemporánea y donde claramente conecta la dimensión física con el funcionamiento del cerebro. Su primera regla es: el ejercicio incrementa el poder del cerebro.

Es que nuestro sistema sedentario de vida nos está matando. Es como tener un caballo de carreras amarrado, o a un tractor transportando niños al colegio.

El sedentarismo se extiende con rapidez en la sociedad actual y cada vez somos más propensos a padecer enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes o cáncer de colon, entre otras. La Organización Mundial de la Salud explica que el sedentarismo es una de las 10 causas principales de mortalidad y hasta se pone a prescribir paseos diarios de media hora, carreras de 15 minutos y rutas en bicicleta.

Según cálculos de Medina, nuestros antepasados caminaban en promedio 20 kilómetros diarios. La obesidad era francamente rara y, como lo confirman un gran número de profesionales de la salud mental, los deportistas exhiben mejores índices a la hora de la depresión y las enfermedades psicosomáticas.

Tenemos un cuerpo equipado para la lucha física pero el enemigo es ahora representacional, invisible, abstracto; en lugar de tigres y mamuts, hoy en día tenemos jefes que pueden ser nefastos, proyectos inalcanzables, competidores aguerridos, estrés prolongado, entre otros.

La respuesta arcaica y física de fight or flight (luchar o huir) era la regla y la tensión duraba minutos; pero ahora hay que aguantar, durar, mantener, incluso por años, hasta que el cuerpo truena.

Y también está el proceso de neurogénesis. Hasta hace poco se pensaba que la gente que llegaba a su vida adulta empezaba irremediablemente su descomposición neuronal. Recientes experimentos demuestran que, sin importar la edad, con 30 minutos, unas tres veces por semana de ejercicio, se puede activar un proceso de nacimiento de neuronas.

Entonces el ejercicio atañe no sólo al respeto hacia nuestra configuración biológica, sino que se relaciona directamente con la lucidez y la claridad en la toma de decisiones; y esto tiene que ser lo más relevante para empresarios y ejecutivos.

Es que si te equivocas en el qué, el cómo es lo de menos. Hacer las cosas correctas es más importante que hacer las cosas bien.

Siguiendo con la parte primitiva, tenemos "tres tipos de cerebros", conforme lo propone el neurólogo Paul MacLean: el cerebro reptiliano, que compartimos con los lagartos; el cerebro límbico, que nos asemeja al resto de los reptiles y a los mamíferos; y el cerebro cortical, que ya se desarrolla en algunos mamíferos pero que alcanza su máximo exponente en el ser humano; estos tres niveles pueden ser fácilmente apreciados en la secuencia del desarrollo cerebral en el feto.

El cerebro más primitivo, el reptiliano, nos entronca con nuestras raíces, con las tradiciones, con los rituales. Este cerebro se encarga de automatizar nuestras respuestas y de marcar nuestro territorio.

El cerebro límbico controla lo relacionado con nuestros afectos, lo visceral, nuestras motivaciones y se relaciona directamente con la agresividad, el alimento, el apareamiento y la autodefensa.

El cerebro cortical, el cerebro superior, nos distingue del resto de los animales y es, hasta ahora, la culminación de la evolución. Está dividido en dos hemisferios y a su vez en cuatro lóbulos: los lóbulos temporales se ocupan del lenguaje y la audición, y es también donde parece alojarse la memoria; los lóbulos occipitales son los encargados de la vista; los lóbulos parietales son los que rigen nuestros sentidos.

En los lóbulos frontales es donde se aloja lo que denominamos "inteligencia". Aquí es donde predominantemente se planean y se deciden nuestras estrategias, donde pensamos lo que debemos o no hacer y cómo hacerlo.

Pero resulta muy difícil tomar una decisión basada solamente en uno de los tres cerebros. De ahí que algunas decisiones, en sentido peyorativo, se llamen impulsivas y prejuiciadas, aunque por otro lado también puedan llamarse intuitivas. Esto abre la discusión a la segunda dimensión a la que me quiero referir: la dimensión psicológica y que cubriré la siguiente semana.

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