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Ese gran vacío V
Psicología del Consumidor
Escrito por Horacio Marchand   
Domingo 18 de Febrero de 2007 11:24
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Más. Ahora. Otra vez. Así describe Elizabeth Wurtzel a su incontrolable tentación a drogarse, a la sensualidad demoníaca de la intoxicación, al efecto de la embriaguez sensorial y la breve experiencia de plenitud.

Wurtzel detalla cómo el deseo por las drogas la rebasaba en todo, de cómo se humillaba y se denigraba para conseguirlas; de cómo pasaba de una sensación de invulnerabilidad a una de miseria, de pérdida, de vacío.

Consumía todo lo que le inyectara directamente a su sistema nervioso y, cuando no podía adquirir las drogas fuertes, se conformaba con medicamentos tradicionales y los ingería en exceso y de manera combinada.

Cuando sentía que estaba a punto de recuperar el control sobre su vida llegaba el monstruo de la adicción y reiniciaba el ciclo evasivo de high-low-high-low. Y esta evasión le funcionaba de maravilla porque, mientras estuviera en la crisis de la adicción, se auto-justificaba y no enfrentaba los verdaderos temas de su vida.

Wurztel también menciona en su libro la búsqueda en vano por encontrar un principio-guía que la orientara. Y en cierta forma eso es lo que todos buscamos por diferentes caminos y medios.

Andamos en busca de una verdad que nos enseñe a vivir, que defina nuestra tarea y nos provea de sentido, que nos de certeza de dónde estamos y defina nuestros roles hacia el futuro.

Pero ese principio, si acaso llega, lo hace disfrazado, en fragmentos, a des-tiempo; aparece súbitamente en eventos y situaciones y frecuentemente fuera de nuestra conciencia.

Frente a la ausencia de certidumbre y respuestas binarias, lo que nos queda es la tensión permanente de lo que Hollis llama las 3 A’s: ansiedad, ambivalencia y ambigüedad. Es en la manera de cómo lidiamos con ellas que depende la propensión a ser dominados por los síntomas, así como por las conductas de consumo que les son inherentes.

Se podría decir que vivimos una Economía de Síntomas.

Un abrumador porcentaje de nuestra economía, trillones de dólares, tiene que ver con esquemas materialistas, narcisistas, hedonistas, fundamentalistas (temas cubiertos en columnas anteriores) y también con la búsqueda de experiencias extremas.

A éste último grupo les llamo los Expex (experimentadores de experiencias extremas) y son adictos a las emociones intensas.

Aquiles (nombre ficticio) es un Expex. Aunque no llega a polarizarse como Wurtzel, él mismo se autodenomina el hombre de los extremos; no puede moderarse; como si tuviera una manda o una pulsión para precipitar las cosas y estirarlas.

Estar en paz, relajado, instalado, le provocan a Aquiles una confusión existencial abrumadora porque no quiere hacer introspección ni enfrentarse a el mismo, la tensión le parece insostenible. De ahí que opte, consciente o inconscientemente, por la crisis situacional porque le permite fugarse de la crisis permanente.

Resulta difícil entender a los Expex porque incluso pueden llegar a arriesgar su vida como si tuvieran lo que Freud llamaría un “deseo de muerte”.

Este tipo de personas se nutren del conflicto y las emociones desgarradoras; todo lo que no les provee de sensaciones exageradas las aburre y recurrentemente buscan, o se las inventan, dosis intensas de estimulación y, eventualmente, pastillas o alcohol para relajar la ansiedad.

En su forma más sana a los Expex les da por los deportes extremos, desde el bungee jump hasta volar, escalar montañas, etc. En su forma más nociva los Expex involucran drogas, alcohol, sexo inseguro, se meten sin razón en problemas, conducen a altas velocidad, apuestan, etc.

Es que enfrentar y lidiar con el peligro, el drama, el desgaste físico, el riesgo, acaba por ser preferible a no sentir nada o a sentir confusión; pocas cosas les hace sentir mejor que el torrente de energía efímera y la “prendida” vertiginosa.

Otra interpretación de los Expex puede venir de la tesis de Eric Berne, psiquiatra, escritor, comunicador, quien estableció hace varias décadas lo que llamó Strokes, traducido al castellano como Caricias, y que se definen como unidades de reconocimiento.

Las caricias positivas son, por ejemplo, si te llaman por tu nombre, te miran a los ojos o te sonríen. También son caricias positivas los abrazos, las caricias físicas, los piropos.

Por otro lado, las caricias negativas son igualmente unidades de reconocimiento y aparecen cuando te agreden verbal, emocional o psicológicamente.

Berne sustentaba que ante la ausencia de caricias positivas la gente inconscientemente se procura de caricias negativas, aunque la lleven hacia la autodestrucción.

Y esto me hizo recordar a la canción de Mocedades: rómpeme, mátame… pero no me ignores vida mía…prefiero que tú me mates que morirme día a día (con tu indiferencia).

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