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Un día en China
Oportunidad, Innovación y Crecimiento
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 01 de Abril de 2005 09:19
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GUANGZHOU, China.- Era la hora de cenar y nos recomendaron un lugar típico de comida cantonesa. En la entrada al restaurante había una cantidad impresionante de animales vivos: pescados, moluscos, reptiles, crustáceos. Eran unas 50 peceras con entidades portadoras de antenas largas y cortas, patas muchas y pocas, de todos los colores y apariencias. Los cangrejos, y sus variedades, impactaban; las serpientes amontonadas se movían unas arriba de otras, deslizándose y mirándote de reojo, sssssss.

Mi compañero -otro mexicano-, al igual que yo, enmudeció. El trance se rompió cuando una bolsa de plástico tirada en el piso se movió con el aire y brincamos del susto. Mejor nos fuimos a un lugar donde no nos obligaban a ver lo que nos íbamos a comer.

A señas pedimos y a medias comimos. Llevábamos 5 días y no parecíamos atinar en la comida. Me lamenté por no tener el grado de sofisticación y la aventura por comida tan exótica. Yo opté por las verduras y arroz al vapor. Mi compañero persistió y le trajeron algo extraño, gelatinoso, que parecía seguir con vida. Lo pellizcó, y lo dejó. La cerveza china Tsingtao, que se pronuncia chingao -o por lo menos entienden a la perfección cuando les pides una chingao- ésa sí nos gustó y parecíamos beber un poco de más, como compensando.

Este lugar tenía que ser cantonés original porque no había turistas. Los comensales devoraban, hacían ruidos al masticar y regresaban al plato, a veces con discreción, a veces con enjundia, huesos y cartílagos. Esto último no se percibe como mala educación, sino que son costumbres, como si alguien pensara que los mexicanos somos maleducados porque comemos tacos con las manos.

Al día siguiente amanecimos hambreados y nos fuimos al buffet donde había fruta y cereales. Al pescado y los crustáceos que ahí estaban para el desayuno, los ignoré.

Rumbo al autobús me tocó ver en el lobby del hotel a un grupo de parejas de norteamericanos y canadienses cargando a sus nuevos hijos chinos. El mercado de la adopción en China es uno de los más activos del mundo y todos los días se observó el ir y venir de parejas emocionadas que recién les habían entregado a su bebé. Me imaginé el futuro de estos niños nacidos en una China que disputa el liderazgo mundial contra su país de adopción.

Me subí al autobús rumbo a la feria comercial. En uno de los escenarios más bellos del viaje, miré a un grupo grande de hombres y mujeres maduros practicando Tai-Chi al lado del río. Se movían con ritmo, armonía y en conjunto; como acariciando con gracia al viento. Le pregunté a la guía y me dijo que los 365 días del año se reunían a practicar esta meditación en movimiento.

Una hora de camino y sólo se veían fábricas y fábricas y más fábricas. Al lado de cada fábrica había un edificio de departamentos donde vivían los empleados y obreros. También abundaba el tráfico de contenedores, uno tras otro, que iban rumbo al puerto para exportar mercancía a todo el mundo.

Me llevé mi cámara fotográfica, pero no se podía ver mucho a la distancia. En todo el tiempo que estuve, en la región de Guangzhou no se quitó una nube grisácea que la envolvía, explicaban que era la contaminación. Incluso, los edificios, muchos de ellos nuevos, lucían viejos, despintados, erosionados por químicos contaminantes emitidos por tanta industria.

Llegamos a la feria y revisé que no faltaran las tarjetas de presentación. El intercambio de tarjetas de presentación con los chinos es crucial. En ausencia de un diálogo profundo, o superficial, o de diálogo alguno, con eso del idioma, las tarjetas de presentación funcionan como un puente y un preámbulo de una relación de negocios.

La manera de dar y recibir tarjetas de presentación es un pequeño ritual. Se dan asiendo la tarjeta con ambas manos y con una leve inclinación de cabeza. Ésta es una señal de respeto.

Casi todos los stands en las ferias tienen traductores. Son jóvenes entusiastas, en su mayoría mujeres, que te buscan la cara y te sonríen, al tiempo que sus ojos rasgados se hacen todavía más pequeños.

Los jóvenes hablan inglés, pero no saben nada del producto. Entonces en el recorrido te acompañan el jefe y la traductora; y el juego del teléfono descompuesto empieza a funcionar a la perfección. Mejor opté por hacer preguntas normales.

Los chinos tienen hambre de negocios. Están listos, ganosos, entrones. ¿No te gusta el estilo? Te diseñan uno nuevo, o dales el diseño y lo copian. ¿El color es feo? Te lo cambian. ¿El material que quieres es otro? Diles cual.

Naturalmente que a cambio esperan volumen y pago anticipado; una carta de crédito está bien.

Cuando se entabla negociación, los chinos te quieren llevar a sus fábricas. Esta práctica de llevarte a fábricas ha ido desapareciendo en Estados Unidos y en varios países industrializados. Cada vez se fabrica menos en sus países y más en China (para más información y datos duros de China, ver columna anterior: "Chino-Mexicano").

Todo el día caminando, y ya de regreso al hotel nos enfrentamos a uno de los dilemas más importantes del viaje, ¿dónde y qué vamos a cenar? Decidimos caminar y nos encontramos un restaurante con un aire occidental. Conocimos al dueño y lo invité a sentarse en la mesa. Resultó ser mayorista de vinos, o por lo menos eso dijo, y tomé su tarjeta para ver si podía venderle o conectarlo con vino del Valle de Guadalupe, en la Baja California. La ensalada César supo a gloria.

Camino rumbo al hotel, curioseando, terminé en una tienda que vendía bolsas de mano piratas; compré un par más con eso de los encargos, y a dormir. Al día siguiente había que irse temprano al aeropuerto para regresar a México. De regreso a lo que seguramente los chinos encontrarían poco apetecible, tacos de nopalitos con queso, salsa verde, frijoles refritos, guacamole, chilaquiles. Dentro de las maravillas del viaje, también está el regreso.

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