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| Colombia, de ida |
| Oportunidad, Innovación y Crecimiento | |||
| Escrito por Horacio Marchand | |||
| Jueves 10 de Agosto de 2006 17:54 | |||
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PANAMA. De negocios rumbo a Colombia. Y también rumbo a todos los prejuicios y estereotipos asociados con los que carga un país. Más de uno sonrieron cuando les dije que iba a Colombia y los comentarios con jiribilla no se hicieron esperar. Es que el posicionamiento que tiene Colombia y la marca-país representa la propensión humana de sintetizar a las entidades en unas cuantas percepciones, justificadas o no. Yo, aparte del trabajo, voy a saborear su cultura del café. El prejuicio número uno: “allá hay negocios millonarios, ¿verdad?”. Mis amigos bromearon que si quería un socio, que si quería que me ayudaran con la planeación “fiscal”, que si buscaba esquemas de lavado les avisara..y así. Otros se centraron en la toma de poder del Dr. Uribe que esta misma semana protestó como Presidente de Colombia “quizá haya bronca, bombas, violencia, aguzado”. Mientras que una colombiana radicada en México expresó con nostalgia: “Maravilloso en esta época; no pasa nada, es mucho más seguro que el D.F.”. “Son muy guapas las colombianas” me dijo mi amigo más aficionado a la belleza femenina, pero lo mismo me dice de las veracruzanas, de las sinaloenses, las tejanas, las canadienses, las del municipio de Aldama, Villa de Santiago, Ramos Arizpe, etc, etc. Yo voy con la idea de que se trata de un lugar brutalmente fértil, bendecido por la naturaleza, su clima, su ubicación geográfica. Dudo que tenga el tiempo pero haré lo posible por visitar una cafetalera colombiana. Ya he tenido la fortuna de haber visitado cafetaleras de Oaxaca, Veracruz y particularmente las de Chiapas en el Soconusco, donde tengo la memoria de haber visto un sapo negro gigante que salivaba lo que me dijeron era veneno. Esto del café no es por negocios, realmente disfruto enormemente un espresso en la mañana. Me gustan particularmente los que sueltan una crema café claro, como evidenciando su pureza, de grano arabiga que no es tan amargo y tiene la mitad de la cafeína que el grano robusta. El sabor del espresso lo asocio a un elíxir que esconde sutilmente destellos de sabores cereza, chocolate y almendra. También he notado que el mismo café, hecho de la misma manera, con la misma agua, me sabe diferente dependiendo de mi propio estado (¿?). Como todos los placeres tengo mi límite de espressos, particularmente por mi temperamento, ya que con cafeína en exceso no dejo hablar a nadie. Y si se me pasa la raya hasta insomnio me provoco. La cantidad ideal son 3. Es que el café es la droga perfecta. Estimula al organismo, sirve de tónico, compone un mal día, consuela una pérdida. Entre las cosas que más me intrigan del café es cómo un señor llamado Howard Schultz, de Seattle, tuvo la astucia de crear un fenómeno alrededor de una propuesta de ventas que le puso por nombre Starbucks. No puede ser. No puede ser porque es en Latinoamérica que se produce unos de los cafés más deliciosos del planeta mientras que Chiapas es el exportador mundial más grande de café orgánico. Ni siquiera hay café en Estados Unidos; se importa a toneladas de países en vías de desarrollo; desde Etiopía hasta Vietnam; de Brasil hasta México. Es el clásico ejemplo del país rico (Estados Unidos) sacando provecho de un país millonario en recursos naturales pero pobre en infraestructura mental y emocional, cuando menos en lo que se refiere a negocios. Mientras que los cafés de Starbucks, y otros como el café Lily de Italia, cobran a 5 dólares un café, los cafetaleros latinomericanos los venden equivalentemente en centavitos. ¿Cuándo le vamos a entender que el dinero está en las marcas, en las experiencias del consumidor, en el canal de distribución; y cada vez menos en el producto, en la fabricación, en la agricultura? Por otro lado, ahí anda la cadena de Juan Valdéz, el ícono del café colombiano eternamente acompañado de su mula Conchita, abriendo cadenas de café en Estados Unidos y en diversas partes del mundo, pero el paso va lento. Por ningún lado anda una cadena mexicana promoviendo, entre otros, las delicias de un café de olla. No. Seguimos cargando costales, empacando y exportando a precios de regalo. Y no es mi intención aventar un clamor populísticamente nacionalista y socialistoide; simplemente me impone tanta incapacidad y la pobre autoestima para configurar esquemas de negocios, y marcas, montados sobre nuestra fortaleza. Mejor regreso al tema de Colombia y sus estereotipos. Se dice que en Bogotá se habla el mejor castellano del mundo, que no tiene picos y altibajos como el de México, ni se canta como el de Argentina, ni se comen palabras como buena parte de Iberoamérica, ni levantan la voz y raspan como el de España. Su castellano es neutro, amable, suave y preciso. Este artículo es Colombia de ida; les sigo contando con el Colombia de vuelta de la siguiente semana. Artículo leído: 1219 veces. Te invitamos a participar opinando en la sección de Comentarios (0)
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