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Abundan libros, revistas, escuelas, que imparten consejos y citan ejemplos de cómo obtener el éxito, de hecho es toda una industria. Pero ¿que pasa cuando por fin se obtiene? ¿Qué sigue después?
Al caso viene Paris Hilton, ahora en la cárcel, que a simple vista pareciera tenerlo todo: juventud, salud, belleza, dinero, fama, posición; ¿qué le pasa? ¿Tendrá un problema personal, traumas que la rebasan, problemas existenciales? ¿Y Britney Spears? Algunos dicen que enloqueció temporalmente. Poco queda de la Britney, con su cabellera larga, de sus bailes cargados de energía y ritmo, de su sonrisa. ¿Nicole Ritchie? No la bajan de anoréxica crónica, van dos veces que va con el juez para mostrarle su arrepentimiento por conducir en estado de ebriedad. ¿Kate Moss? La más famosa modelo es evidentemente adicta a las drogas. ¿Lindsay Lohan? La mujer de la cara hermosa se la pasa entrando y saliendo de clínicas de rehabilitación; se cae, se levanta; se tropieza y vuelve a caer. ¿Mischa Barton? Otra belleza, estrella de la serie OC (Orange County) y de varias películas; recién la tuvieron que internar por haber mezclado medicinas con alcohol. Infelizmente, estas mujeres representan roles de conducta para millones de fans en el mundo. Apalancadas en la maquinaria de Hollywood, de manera consciente o inconsciente, son incorporadas al psique colectivo. Esto es un patrón, no un caso aislado. Es un síntoma de la sociedad, no una cuestión personal. Es una conducta producto de algo, en sintonía con algo, fabricada por algo. Y no le entro al tema con una perspectiva de moralidad -porque eso es muy complicado-ni de juzgar -porque nadie estamos exentos de caer en adicción; más bien lo veo con una perspectiva fenomenológica. Quizá nuestra configuración actual, como sociedad y sistema de vida, lleve a las estrellas a estrellarse. Quizá nosotros mismos fomentamos su autodestrucción y ellas no puedan con la presión. Lo más difícil ya lo hicieron: llegar; pero llegar es lo de menos. El tema es que al llegar ¿qué les queda por hacer, por anhelar, por negociar, por comprar? Hacerla también puede ser tóxico, y nuestra sociedad voyeurista, hambrienta de entretenimiento, videns, de morbo, de noticia, se deja atrapar con sus historias, minuto a minuto, foto a foto. Consumimos sus vidas, sus imágenes, sus amoríos, sus caídas. Las consumimos como si fueran un producto. Quizá debiéramos pagarles una renta mensual por entretenernos, por darnos de qué hablar con los amigos, por admirarlas, por odiarlas, por ayudarnos a pasar el tiempo leyendo sus gloriosas miserias. ¿Por qué estamos obsesionados con estas figuras? Tengo una hipótesis basada en la teoría jungiana de la Sombra, primero la defino: la Sombra es a lo que Carl Jung denominó la parte del subconsciente que acumula lo reprimido. Lo que el psique reprime es aquello que no le gusta al ego, por ejemplo, los instintos agresivos y sexuales, envidia, etc. En la Sombra también radica aquella parte de la personalidad que el individuo no desarrolla ni explora. Cuando las cosas se reprimen no se quedan ahí dormidas, están cargadas de energía y desde la Sombra sale, entre otras formas, a través de proyecciones. Una proyección es algo que nos causa un impacto emocionalmente fuerte: en lo positivo nos atrae y nos seduce; en lo negativo nos repele y “lo odiamos” pero no podemos dejar de hablar de eso. Entonces nosotros le asignamos nuestra Sombra a las estrellas, ídolos, artistas, a través de la proyección y, en cierta forma, la viven por nosotros. Las borracheras, la promiscuidad, los excesos de ellas nos proveen una catarsis colectiva, algo parecido a lo que las tragedias clásicas le proveían a los griegos. Las hacemos íconos, anti-héroes; las convertimos en un producto como si fuera Coca Cola, Doritos, Disneylandia y las consumimos psicológica y sociológicamente. Lo que ocurre cuando una artista llega al éxito seguramente es diferente a lo que ocurre cuando un empresario llega, pero el reto, de qué hacer después de que el propósito se cumple, de lo que sigue, tiene que ser enorme. Independientemente de la veracidad de mi hipótesis sobre la Sombra de Jung, bajo la perspectiva comercial el caso es que, como productos que son, tienen un ciclo de demanda que va desde el crecimiento acelerado, al moderado, al decreciente y la obsolescencia. Para que los productos tradicionales no pierdan vigencia, y no se desplome su demanda, se tienen que renovar sistemáticamente, rejuvenecerse, rediseñarse, re-empaquetarse; y esto no debe ser sencillo cuando se trata de una persona. Una frase reciente de Lindsay Lohan: “a veces me siento demasiado sola. Cuando es Domingo, en Los Angeles, y no hay nadie alrededor, ni se observan automóviles pasar, es todo un reto”.
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