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Ansiedad o depresión. Tenemos estos dos caminos, y el reto es seleccionar con cual de los dos nos vamos a quedar como eje central de nuestra vida.
Cuando menos esta es la tesis de James Hollis, quien tiene un doctorado en humanidades de la Universidad de Manchester y está a cargo del C.G. Jung Educational Center of Houston. Hollis dice que la ansiedad debe ser la opción seleccionada porque es desarrolladora, mientras la depresión es regresiva; y agrega: “la ansiedad es el precio de lo que cuesta el boleto de la vida; la depresión es la consecuencia implícita de nuestra negación de subirnos a bordo”. Habla de la vida no vivida (unlived life); sobre aquella que se configuró demasiado temprano, de la que no consideró opciones, la que no ejerció introspección y que nunca consideró la reinvención y, por lo tanto, acaba por perder la pasión y quedarse sin consecuencia. Es curioso como Hollis nos da a escoger entre la ansiedad y la depresión. Curioso porque nos presente un panorama que puede verse abrumador y fatalista; ¿Qué no puede haber otra cosa? ¿No puede tenerse una vida sin ansiedad, serena, feliz? En la opinión varios filósofos existencialistas, esto no es posible. Es que el vacío, el hambre intelectual y emocional, la incongruencia, la insatisfacción recurrente; todos son sinónimos de humanidad. Como dice la psicoanalista y editora Juana Inés Ayala: “es precisamente el vacío lo que nos hace personas”. La persona que alcanza un cierto nivel de madurez, entendiéndola como la que se hace totalmente responsable de ella misma, acepta entonces el reto de vivir inmerso en la ambigüedad, la ambivalencia y la ansiedad, pero sin que se conviertan en el discurso predominante de su vida. Es en el tironeo, en la tensión de fuerzas, en los pesos y contrapesos, que se construye y se evoluciona. Pareciera que hay virtud en la ansiedad porque denota algo inconcluso, un deseo de obtener, de cambiar y de enfrentarse a algo nuevo que exigirá que nuestros sentidos y capacidades se estiren y se empleen a fondo; como hace un atleta cuando gana una medalla olímpica, como hace un empresario que corta el listón de apertura de su nuevo negocio. ¿Y esto que tiene que ver con negocios? Hay una corriente creciente de pensamiento alrededor de la gestión de empresas que equipara a la organización a un organismo complejo, como los humanos. Es que al final del día se trata de entidades (personas físicas y morales) y cada vez más se incorpora un léxico humanista, por ejemplo: la organización viviente, la organización que aprende, crecimiento orgánico, el espíritu de la organización, la esencia de la empresa, los valores de la compañía, la motivación organizacional, y así sucesivamente. En el ámbito empresarial: las opciones podrían darse entre 1.- la fuerza de la expansión, la generación y el crecimiento o 2.- la de la administración de la eficiencia. El primero --asociado a la ansiedad-- impone demandas a la organización y estira a las personas a nuevas metas y oportunidades, mientras que el segundo --asociado a la depresión-- invita a la autocomplacencia y a caer en una zona de confort donde el manejo del negocio queda resumido en rituales anuales con tintes incrementalistas (hacer más con menos). Y habrá quien diga que los dos son importantes; pero si no se articula un plan preciso, inevitablemente, y de manera inconsciente, se caerá en una trayectoria clara de entropía. Es que la entropía está en todos lados. Los carros se oxidan, los edificios viejos se caen, los humanos se deterioran, las entidades pierden su consistencia y se desmoronan. La Segunda Ley de Termodinámica (en Física) se centra justamente en la entropía: desorden, caos, disipación, y el rompimiento de patrones y estructuras. También asegura que los sistemas aislados, se mueven espontáneamente hacia la entropía. La analogía con los negocios es bellísima: cuando una compañía se aísla en su éxito- e incluso en su fracaso- y sobre-rutiniza sus actividades, dejará de cuestionarse su existencia, de buscar abiertamente oportunidades, de auto-imponerse retos ambiciosos, y acabará por acelerar su caída a la entropía. Si no vas a algún lado, entonces vas para abajo; si no construyes, te estás destruyendo; si vives en la reacción, te niegas a la creación; si no exploras y descubres, te ensimismas y te debilitas. Como las bicicletas, si no hay rumbo y dirección se tambalean y se caen. Vivir retados, incompletos, inquietos y ansiosos, sin que esto nos paralice, es un privilegio del que está vivo, o mejor dicho, del que quiere estar vivo; del que se usa y se emplea a plena capacidad, del que se auto-rebasa y deja versiones viejas de él mismo en el camino. Por algo Steven Jobs dice: Mantente tonto. Mantente hambriento.
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