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No era tan grande ni de última tecnología, ni home theater ni nada de eso, si acaso llegaba a las 25 pulgadas, pero terminó por hacérseme la televisión más cara que jamás haya adquirido. O por lo menos la más costosa.
La compré en una tienda y para entregármela me pidieron la recogiera en la bodega (a una cuadra). Me trasladé y esperé a que me atendieran. La señorita me dijo que no había ningún muchacho, que andaban todos entregando mercancía. Tenía 14 años menos y, sintiéndome fuerte y audaz, le dije que yo podía cargar la televisión sin problema. La subí al auto, llegué a mi casa, la bajé y la cargué al segundo piso. La desempaqué y la dejé conectada con la idea de sorprender a todos en mi casa. Misión cumplida. Pero la televisión no funcionó. Repelé, hice berrinches, se las llevé dos veces, más corajes, tiempo y además de que seguramente contribuyó, con tanta cargada, con mi problema crónico de espalda. Por eso digo que fue carísima. El precio fue lo de menos. La “P” de Precio en la mezcla tradicional del marketing ya quedó sustituida por la “C” de Costo. A los consumidores no nos cuesta solamente un precio el interactuar con un mal producto o con una compañía mediocre. Hay costos más allá del dinero. El costo, en el nuevo sentido, es la suma de dispendios, desgastes, y unidades de energía como: el costo mental, emocional, físico, de bilis, de tiempo, dificultades en el uso. Se podría decir que es como el costo de convivir (enojos, malestares, descomposturas, mediocridad en la operación) con lo adquirido a través del tiempo (lifecycle cost). Y naturalmente que, por otro lado, el adquirir y poseer algo también te da algo positivo y ésa es la intención inicial. Para ejemplificar, pondré el ejemplo de que el sueño se trata de poseer una televisión-pantalla, gigante, marca Sony. El plan es montar una sala de televisión, así como las que ponen en las casas de sorteos, con la ilusión de que sea un lugar de reunión para la familia y amigos. Lo comprado siempre te da algo. Te da algo desde que saboreas la idea de adquirirlo. Te da algo cuando vas de shopping. Te paseas, comparas, especulas, preguntas, investigas, desde Famsa hasta Palacio de Hierro y checas especificaciones por Internet. Te da algo cuando generas opciones y, en el proceso, saboreas cada una de ellas y fantaseas con lo que harías si las tuvieras. Te da algo cuando conversas con los amigos. Hablas con otros que ya compraron tu misma pasión, te invitan, conviven, se afilian. Te da algo cuando negocias, en el estira y en el afloja, en ese tanteo de la posesión. Te da algo cuando rompes la alcancía (ahorré, me lo merezco) y finalmente lo pagas. Te da algo mientras llega a tu casa, la ilusión es tremenda. Te da algo cuando llega. La cajota, pesadota. Dónde lo acomodas, cómo lo acomodas. Junta familiar, y todos dan su punto de vista. Te da algo cuando lo instalas y lo estrenas. Es todo un evento. Palomitas, cacahuates, papitas, refrescos, sushi, vino, queso, pan; la combinación perfecta: mirar y comer. Te da algo cuando invitas a los amigos y tus hijos a los de ellos. Pero no te da todo. Podrías llegar a creer, como muchas otras veces en el pasado, que con la posesión material resuelves incluso la duda existencial y obtienes plena felicidad. Lo sabido es que al tiempo la novedad se disipa y se “ajusta” a su nivel. Se satisface la expectativa y el placer introducido de repente se hace marginal y, en una característica muy humana, lo incorporas a tu plataforma básica y lo conviertes en tu nuevo límite inferior. El “piso” se sube y pronto quieres algo más. Más. Mejor. Una tienda en Miami, Sound Advice, te vende un sistema para que de manera automática te reemplace el producto que compraste con un nuevo modelo, cada vez que aparezca una nueva versión. Esto debe ser el placer más grande del mundo, como un placer infinito que sistemáticamente te provee de las últimas novedades y no permite te aburras con el “viejo producto de siempre”. Así es la tecnología: cada vez empaca mayores funciones en el producto para hacerlos más sofisticados con la creencia de que así dan más valor. Pera acaban siendo tan complejos que te demandan energía cada vez que llega uno nuevo. Ya que le habías entendido al sistema, te topas con llega una nueva “ventaja”. Y eventualmente caes en agotamiento y puede dar flojera otra vez ajustarte. El fenómeno de convergencia (juntar y empaquetar funciones) tiene que tener su límite. No siempre más es más. Ya hay mucha complejidad en nuestras vidas y no queremos gastar en exceso energía adaptativa. Queremos sencillez; que el costo integral se minimice. Queremos relajarnos tras la tensión urbana, queremos paz tras la guerra diaria, queremos familiaridad ante un mundo alienante. Queremos llegar a terreno conocido, sencillo, nuestro y usual.
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