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| El exceso del éxito |
| Vida y Marca Personal | |||
| Escrito por Horacio Marchand | |||
| Viernes 01 de Junio de 2001 17:31 | |||
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El dinero, la fama y el éxito tienen un precio y en muchos casos es la autodestrucción. La lucha por hacerla puede comerse a la persona, y a veces -cuando se pierde el balance y el éxito se convierte en una obsesión- se lleva de encuentro a familias, empleados y socios. Los costos por incapacidades, enfermedades y stress siguen en aumento por el mundo. Hay varios estudios y aunque las métricas todavía no se estandaricen, solamente en Estados Unidos se estima que las empresas pierdan entre 200 y 300 billones de dólares al año por bajas de productividad -incluyendo los gastos médicos- debido al stress. ¿Habrá una liga entre el éxito y el exceso? La creencia es que si se tiene dinero los problemas se acaban. Si se obtiene fama, se estará satisfecho. Si se llega a la meta, cualquiera que sea, entonces se le dedicará tiempo a la familia y a uno mismo. Pero la carrera no cesa. Una ganancia obliga a otra. Un compromiso genera otro. Es como un tren del que no se puede bajar porque va tan rápido que da miedo. Veamos dos casos. Por un lado está Juan: clase media-alta, atlético, amiguero, sonriente. Por suerte come casi todos los días en casa y su señora le hace la comida especial: baja en grasa y en colesterol. Todas las mañanas se va a un parque que le queda cerca y trota. Esto lo mantiene en buen peso y con la mente fresca. Tiene un horario fijo y goza de pocas vacaciones porque acaba de entrar a un nuevo trabajo. No es lo que quisiera pero por lo menos tiene empleo. Cuando por fin toquen sus vacaciones Juan quisiera llevarse a su familia a Disney World, pero no le llega al precio: son siete de familia. Por otro lado está Daniel: clase alta, barrigón, canoso, tenso y antisocial. Come en restaurantes por lo de la comida de negocios y le entra duro al menú. Se excede pero siente que está atrapado en el rol: primero el tequilita -con sangrita-, luego el vino tinto con los alimentos y cierra con un digestivo como chaser del café cargado. Se queja de que no tiene tiempo de hacer ejercicio y cada vez está más cachetón. Daniel puede ir de vacaciones a cualquier lugar del mundo pero no quiere viajar más porque está agotado de los viajes de negocios. El jefe de Daniel es un caso. Acostumbra a citar a sus Vice Presidentes a juntas de estrategia a las 19:30 horas. Dice que es una buena hora porque ya sacacaron los pendientes del día y los teléfonos dejan de sonar. Estas juntas presionadas de estrategia al final del día ocurren cada vez con más frecuencia. Daniel quisiera hablar con su jefe y pedirle que considere un cambio de hora para las juntas “clave”; pero no se atreve. Nadie se atreve aunque estén fastidiados de rasgarse la camiseta. Pero nadie habla. Nadie quiere mostrarse débil. En silencio todo mundo sospecha que serían más productivos si se respetaran más los tiempos y la gente estuviera más descansada, pero ni hablar. Daniel siente que es una guerra de resistencia, una competencia de quién trabaja más horas. Como si hubiera una crisis nuclear. Juan el atlético parece más feliz que Daniel el rico. Por lo menos da la apariencia que vivirá más años y de que los vivirá mejor. ¿Dónde termina la satisfacción en el trabajo y empieza a dominar el ego? ¿Qué o quién persigue a la gente para operar en el extremo y llevarlos al exceso? ¿Será un mandato parental? ¿Una propensión genética? ¿Un cónyuge ambicioso? ¿Una madre que nunca confió en que su hijo la hiciera? ¿El probarle algo a alguien? ¿Será acaso la persona la que se persigue a sí misma? Resultó impactante que en un seminario de liderazgo el expositor mandara mensajes de que para tener éxito en la vida era necesario enfocarse al business y no tener escrúpulos. La frase de: nice guys finish last, confirma esta idea. Es difícil no acordarse de la película El Abogado del Diablo de Al Pacino. La obsesión por el éxito puede ser tan adictiva como cualquier otro vicio. Además de que las personas confunden al éxito con la valía de una persona. “Si la haces vales, si no la haces no vales”. Dentro del psique del individuo persiste la duda: si no fuera por el dinero y por el ansia de hacerla, ¿Quién sería yo? ¿Cómo sería mi vida? ¿Realmente a qué me dedicaría? ¿Quién es el dueño de nosotros? ¿Un script psicosocial que se escribió cuando éramos niños? ¿El jefe? ¿El ambiente? Algunos puntos para la reflexión: ¿El alcohol, medicamentos, o drogas, son parte de la rutina para poder sobrevivir la semana? ¿Se llega a la casa agotado y sin ganas de hacer nada más? ¿ El trabajo impide, complica o inhibe las relaciones emocionales ? ¿La obsesión por el éxito está motivada por miedo o por probarle algo a alguien ? ¿El fin de semana se está en la cama tirado viendo la televisión? ¿ Existe alguna sensación de infelicidad, hartazgo, o tristeza? ¿La energía se está yendo lentamente y cada vez cuesta más trabajo hacer lo mismo de antes? ¿Se puede hablar de éxito sin hablar de exceso? Lo más probable es que no. La frontera está borrosa. Es una pena que personas deciden cambiar su vida hasta que les da un infarto. Optan por tomarla más tranquila y a dedicarse a hacer lo que realmente le gusta. A veces se tiene que medio morir la gente para empezar a vivir. El hacerla es tan importante que predomina sobre la vida familiar y personal. La persona se justifica con la familia diciendo que “lo hago por Ustedes” cuando en realidad es su reto personal o está sometido a la presión de ser exitoso. Cada vez que se gana, se pierde algo; cada vez que se pierde, se gana algo. El éxito -como se conoce- también puede tener su lado negro. Artículo leído: 1576 veces. Te invitamos a participar opinando en la sección de Comentarios (0)
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