Hoy te recomiendo
-
El que Pega Primero
A pesar de las innovaciones comerciales y del continuo bombardeo de productos nuevos, no es fácil... -
Contra uno Mismo
Me ocurrió en la consultoría hace un par de años: mi cliente estaba en... -
Exceso de opciones
Un ruso, hablando en perfecto castellano con acento cubano, me dijo que cuando llegó a Estados... -
¡Gooooooool!
Y llegó un marciano a la Tierra. Vino de investigación con miras a conquistar al planeta en un... -
Quería Ser Millonario
Empaqué mis maletas, de un día para otro, y me fui a Nueva York. Eran los tiempos del boom de... -
Valle de Pasiones
El enemigo ahora es cada vez más invisible y representacional: stress, ansiedad, frustración,...
Recomendaciones de Usuarios
Busca por palabra clave
Artículos Relacionados
Regístrate y obtén contenido exclusivo
| Parecer y ser |
| Vida y Marca Personal | |||
| Escrito por Horacio Marchand | |||
| Jueves 06 de Julio de 2006 10:19 | |||
|
¿Qué tienen en común Patroclo, amigo del héroe Aquiles, con Don Julio, un ejecutivo que nunca se quitaba su traje y corbata? Ambos apelaban a la máxima de que la percepción es la realidad; que la investidura puede definir a un individuo, que lo que traes puesto, y cómo te planteas, es una manifestación de lo que eres. En el caso de Patroclo, remontándonos a la Ilíada, un día decidió ponerse la armadura de Aquiles, tomó la espada y se arrancó contra los troyanos. Los griegos pensaron que se trataba de Aquiles y se animaron a pelear al lado de su gran héroe. Héctor, el enemigo troyano, también pensó que se trataba de Aquiles y lo mató. Por si fuera poco, Héctor decide ponerse la armadura de Aquiles y simbólicamente se convierte en el mismísimo Aquiles. Este acto acabó por encender la cólera del griego que le suplica a su madre, Tetis, que le consiga otra armadura y ésta se la pide a Hefestos. En el caso de Don Julio, que fue uno de mis primeros jefes, tenía el hábito de usar traje y corbata los 365 días del año. Era su perspectiva de que era lo propio para un director comercial. Don Julio era alto, voluminoso, con una nariz grande y unos ojos chiquitos que se guardaban atrás de sus eternas gafas. De gran corazón e incluso sentimental, su apariencia lo rebasaba apuntalada por su vozarrón que retumbaba cuando hablaba. Recuerdo que en una convención en Acapulco nunca se quitó ni su traje, ni su corbata. Las gotas de sudor no eran nada contra su idea de que: para ser director, hay que parecerlo. Lo saludo Don Julio, quien ya pasó a mejor vida. Y esto me hace pensar en Ramona la Patrona. Era un Viernes en la tarde y el aeropuerto de la ciudad de México estaba a reventar. Ahí estaba la señorita tras el mostrador, en su uniforme, frunciendo el ceño y mirando al monitor de la computadora; toda profesional. “Señorita, por favor, es que tengo que llegar temprano”, le dije. Me miró apenas y volteó sus ojos al cielo como diciendo “qué flojera”. Quizá no había más lugar para adelantar mi vuelo, quizá no le dieron ganas de dármelo o estaba fastidiada de tanto pasajero necio. Con toda la investidura de un funcionario en pleno, de oficinista de aviación, me dijo fríamente que no podía adelantar mi vuelo. La recuerdo con claridad: tenía el pelo pintado con luces color caoba, sus apretados labios los coloreaba de rosa, traía un broche en el pelo. Las uñas, que furiosamente tecleaban el tablero, eran color marfil. Estaba muy bonita para ser tan gruñona. Ah, y no tenía su gafete, típicamente obligatorio, por eso le voy a llamar Ramona la Patrona porque suena dura, inflexible, fuerte. Pasaron los meses y accidentalmente me topé con Ramona en un Sanborn’s. Iba saliendo, la seguí con la mirada y se detuvo en la parada del camión. Traía unos pantalones de mezclilla, una blusa que le quedaba un poco grande y un bolso color café. Me impactó su cambio de investidura. Desprotegida de su mostrador y su computadora, sin la institucionalidad de un uniforme, dejó de ser Ramona la Patrona y ahora me parecía llamarse Lucía. Es que la percepción frecuentemente es la realidad e incluso podría considerarse una ley social, que tiene por lo menos tres elementos: 1.- la naturaleza humana, porque cada quien tiene su propia apreciación de las cosas; 2.- la física cuántica, donde el observador, por el simple hecho de observar, altera el comportamiento de lo que observa; 3.- las primeras impresiones cuentan y recientemente Gladwell nos hace ver que con mucha frecuencia aciertan. Algo interesante es la definición de la palabra persona que viene del latin y tiene varias acepciones; una de ellas la define como: máscara, como las que se utilizaban en el teatro para dramatizar los roles. Fue Carl Jung que la amplió y la definió como: “un conjunto de actitudes adoptadas por el individuo para ajustarse y apropiarse de un rol social”. El anima es la personalidad interior, y la persona es la personalidad pública (o asumida) que se presenta al mundo. Un anima que no está consciente de esta diferencia es consumida por la persona que confunde su rol con su verdadera personalidad. Ya en términos mercadológicos se podría decir que: la envoltura, o el paquete, es el producto. Frecuentemente, eres lo que pareces. INEVITABLE.- Es inevitable no pensar en el tema central que nos ocupa a todos los mexicanos en los últimos días, y para la reflexión, aquí las palabras de Al Gore cuando oficialmente perdió una controversial elección contra George Bush en Estados Unidos (que se tiene la percepción de que es la democracia más sólida del mundo): “me mantengo firme en mis creencias y no cedo, pero hay un deber más grande del que le debemos a un partido político. Esto es America y ponemos al país primero que al partido. Juntos estaremos de pie detrás de nuestro nuevo presidente”. Artículo leído: 1150 veces. Te invitamos a participar opinando en la sección de Comentarios (0)
![]() Utiliza el siguiente formulario para escribir tu comentario
|





