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Excesos y reventones
Psicología del Consumidor
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 04 de Noviembre de 2005 09:51
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A todos se nos ha pasado la mano alguna vez; hemos comido de más, bebido de más, gastado de más, hablado de más, y quien sabe qué tantas cosas más, en exceso. Pero en el caso de Robert McCormick, no estoy seguro de cómo llamarle: se gastó, según directivos del stripper club Scores en Nueva York, $241,000 dólares. Como lo lees, casi un cuarto de millón de dólares en un topless de “alcurnia”, en una sola noche.

La noticia alcanzó a filtrarse a diferentes medios masivos. Algunos hombres se sintieron aliviados de que, comparándose, ellos “no se portaron tan mal”; otros se asustaron de lo que una noche de parranda puede traer; pero la mayoría se asombró del grado de abandono al que llegó McCormick, un ejecutivo oriundo de la casi nunca noticiosa entidad de Missouri.

No es la primera vez que alguien demanda al Strip Club Scores; ya hay referencia de que otros se han sentido abusados por sus tarifas y cobros excesivos.

Pero el lugar sigue atiborrado de clientes y la pregunta es ¿por qué? ¿Por qué siguen yendo a un club que “te pica los ojos”?

Debe haber muchas respuestas porque las razones son tan personales y subjetivas como cada uno de los clientes que acuden al lugar, o de todo aquél que se envuelve en un evento de exceso.

Las respuesta podría ser porque los humanos somos irracionales a la hora del consumo; o porque queremos validar, o presumir, que ya llegamos al éxito –conforme cada quién lo defina; porque queremos contar una historia de cómo ésa noche el mundo fue nuestro; porque queremos compensar el vacío existencial; porque nos encontramos perdidos en el tiempo y en el espacio y queremos alejarnos de nosotros mismos.

Y es un hecho que también existen, en el otro extremo, clientes millonarios que al llegar la cuenta del cuarto de millón de dólares se les haga poco, o se ofenderían si tan sólo fuera de 100,000.

Es que en la opinión de la Sra. Eaves, a eso es justamente que van los clientes: a gastar dinero a cambio de una prestación de servicios.

Elisabeth Eaves --exstripper, autora, periodista-- dice que una mujer “teibolera” (expresión mexicana proveniente de table-mesa), “está haciendo bien su trabajo si hace que al hombre se le olvide temporalmente su calvicie y su hipoteca, para llevarlo a una fantasía de poder sexual adolescente, donde se convierte en una combinación de James Bond, Han Solo (de la Guerra de las Galaxias) y Hugh Hefner (fundador de Playboy). Y las bailarinas seguirán adulando al hombre hasta que se les acaba el dinero”. Y esto, apuntala Eaves, “no constituye ningún engaño; es justamente lo que el cliente está comprando” (con información del New York Times).

El table dance parece haber encontrado un medio “seguro” de lidiar con la libido descontrolada asociada a los hombres (aunque también siguen creciendo—a menor ritmo-- el equivalente a topless para mujeres), ya que son vistos menos mal porque no constituyen oficialmente un prostíbulo, pero parecen ofrecer la estimulación sexual y, para un sub-mercado, la potencialidad de conectarse “por fuera”.

La industria del strip (encuerarse), del table dance, del lap dance, o como se le llame, es una industria creciente por el mundo. Constituye una sólida industria global y billonaria, y es un escenario, por su naturaleza, de excesos.

¿Y qué constituye un exceso?

Un exceso es algo que rebasa por mucho, el parámetro con el que se compara o al cual se hace referencia.

Entonces el exceso depende tanto de la cantidad o fuerza con la que se manifiesta un evento, como el parámetro mismo utilizado en la comparación.

Bajo esta definición, el exceso no existe y se relativiza.

Por ejemplo, una tesis de la Felicidad se centra en que las gentes son más o menos “felices” basadas en lo que la gente percibe que tiene, de más o de menos, en relación a su círculo social y familiar.

Es decir, si alguien tiene un Volkswagen de los viejitos color gris, es más afortunado que si el resto de su familia y su círculo social no tiene automóvil.

Pero este mismo vehículo en otro grupo de referencia, donde la mayoría tiene de Honda o Toyota para arriba, lucirá como “inferior” y se ligará a sentimientos de “no llegarle a los amigos”.

Y lo mismo si se extrapola el Honda o Toyota a un círculo referencial donde la mayoría tiene Mercedes, BMW y Audi.

Y ahí sigue la cosa conforme se mueve de grupo. Paradójicamente esta tesis afirma que el humano tiende a sentirse mejor si tiene más que el otro y confirmaría, en cierto punto, la relatividad del exceso.

Una bolsa de mano 1,000 dólares puede ser escandalosa para una mujer en determinado círculo, como en otro apenas y parpadean con 14,000 dólares (modelo MacPherson por Hermes).

En el plano del exceso personal y biológico las cosas cambian. Un humano que gana 10 mil dólares al año es igual a otro que gana 10 millones de dólares al año. Nadie está exento de una cruda por borrachera, ni el malestar de comer en abundancia.

Otra idea alrededor del exceso es que lo hacemos porque primitivamente estamos condicionados para acumular, en función de que desde hace miles de años la comida y los utensilios eran escasos y constituían una oferta intermitente que nos obligaba a guardar para épocas duras.

Una idea más moderna es que el exceso viene como respuesta a la ansiedad. De igual manera que un bebé se calma con un chupón o con un dulce, los adultos nos “apaciguamos” momentáneamente cuando engullimos algo en extremo. Algunos psicólogos le llaman fijación oral y/o gratificación sensorial evasiva (efecto temporal).

Pero regresando al caso de Robert McCormick, dudo mucho que pueda ser convincente a la hora de explicar lo sucedido a su señora o a su jefe, mientras que sigue la batalla legal para defender algo que hizo “sin pensar, sin recordar”.

Al tiempo, Elisabeth Eaves le da una sugerencia a McCormick: paga tu cuenta.

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