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El cine y yo
Comunicación y Relaciones Públicas
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 19 de Agosto de 2005 11:09
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Cuando era niño, mirando una película épica medieval, con trovadores, guerreros, magos y hechiceras, me quedé fascinado con la idea del caballero invencible que rescata a damas en roles de víctimas; y luego, en agradecimiento infinito, le pagaban la impagable deuda entregándose y casándose con él.


Al crecer me dí cuenta de lo terrible de la Edad Media, lo complicado de vivir con personas que asumen posiciones existenciales de víctimas y lo ingrato de hacer algo porque le debes o te deben.

Esto de la influencia de las historias sobre nuestras vidas es un tema grande. Desde Bettelheim, que analizó el impacto de los cuentos infantiles en la psicología, pasando por Sartori con su tesis del homo videns, donde condena estar colgado del televisor, hasta Johnson, que afirma que el mundo del video (televisión, cines, videojuegos) aumenta el coeficiente intelectual.

Incorporamos historias porque nos sirven para afiliarnos, justificarnos, parametrizarnos y, hasta cierto punto, encontrarle un sentido a lo que hacemos.

Y llegué a mi casa tras ver la película Sideways y me puse a buscar en mi "cava" de 7 botellas en el armario, entre libros, revistas y calcetines, para ver si encontraba una que fuera Pinot Noir. Es que el amargado de Miles (amigo de Jack, el novio) hablaba del Pinot Noir como si fuera la aportación oficial del planeta Tierra al Cosmos:

"Pinot es una uva difícil de cosechar... necesita un cuidado constante y sólo crece en rincones especiales del mundo. Sólo los vinicultores más pacientes y dadivosos pueden extraer la totalidad de su expresión. Y cuando esto pasa, sus sabores son los más temibles y brillantes y sutiles y emocionantes y antiguos del planeta entero".

Wow. Y yo que no encontré ninguna Pinot Noir. Vagamente recordaba haber abierto una botella hace meses, pero ni cuenta me dí de que me estaba tomando un elíxir.

Y no soy la única mente débil que se dejó influenciar por la película. Las ventas de Pinot Noir se han incrementado un 45 por ciento desde que salió la película Sideways (AC Nielsen/USA Today/agosto 2005).

La compañía Riedel, que fabrica copas de cristal en diferentes formas y tamaños para acentuar el sabor de las diversas uvas, afirma que sus ventas en Estados Unidos se han incrementado un 44 por ciento y lo atribuye en parte a la fiebre por Pinot Noir.

En otro contexto, andando de viaje por Estados Unidos pregunté por los tequilas que tenían -temiendo fueran marca patito- y me contesta el barman con orgullo, descifrando mi mexicanidad, que tenía tequila Patrón. "Sí sennhiorr", como diciendo: ¿verdad que no te la esperabas?, y agregó "el mismo que pidió Tom Cruise en la película Vanilla Sky. Es el mejor en México, ¿no?".

Hablando de Tom Cruise, vendaval que causó cuando criticó a Brooke Shields por tomar antidepresivos. Brooke publicó un libro donde narraba su depresión post-parto y a Cruise le parecía deplorable que se medicara porque la depresión "sólo estaba en su mente". El tema de la depresión está en boga y el libro Prozac Nation, de la escritora ex adicta Elizabeth Wurtzel, ya se hizo película; seguimos esperando el estreno.

Hablando de tequila, me acuerdo de Eurípides (nombre cambiado para proteger su identidad), que cuando se le pasan los tequilas empieza su show de Meg Ryan. Y no es que se parezca a Meg, él es alto, tiene voz ronca y es bastante feo, pero el alcohol le provoca una regresión a la escena de When Harry met Sally (con Billy Cristal), donde Ryan, de la nada, finge un escandaloso orgasmo en una cafetería para probarle a su inocente amigo que las mujeres fingen cuando les viene en gana.

Eurípides, de relajo en reuniones sociales y cerciorándose que no esté su esposa, le da por hacer ruidos y exclamaciones de placer, en medio de las carcajadas y porras de todos, como si estuviera experimentando el clímax sexual-a-la-Sally. Su vida de parrandas entre amigos quedó marcada por esta escena.

Otro amigo se refería a las amistades de su esposa como Desperate Housewives. Les llamaba aburridas, neuróticas e insatisfechas. Al preguntarle si su esposa no calificaba como tal, rotundamente dijo que no; y de inmediato me imaginé una serie de televisión sobre hombres desesperados.

También las criticaba que se dejaran llevar por lo que veían en HBO y hasta llegar al extremo de hacerse adictas a la bebida color rosa cosmopolitan (vodka, jugo de cranberry, Cointreau, jugo de limón), tal y como lo hacen Sarah Jessica Parker y sus, casi siempre solitarias, amigas en Sex in the City.

Esa misma noche me topé con un programa de televisión que hacía un reportaje sobre lo que consideraba era una tendencia: que mujeres y hombres en sus 40 de repente tomaban un año sabático y se iban a realizar un sueño dejándole el paquete familiar, en buenos términos, a su pareja. Pensé en la película de 7 años en el Tibet con Brad Pitt.

No es sencillo medir el impacto directo del cine en la vida de las personas, ni cómo Hollywood tiene en su poder una herramienta de influencia más poderosa que el ejército norteamericano.

Y de seguro, en el otro extremo, se levantan voces que minimizan o atacan la idea del impacto de las películas en la psiquis de las personas que, en todo caso, son de mentes vulnerables, dominadas por superficialidades, con espíritus vacíos que anhelan llenarse de cultura pop; seres frágiles que buscan asirse de algo porque no soportan la irrelevancia personal y la insignificancia del individuo ante el Universo.

Y estas ideas -independientemente de la razón que pudieran tener-, sin duda, serían también tema de una gran película; espérala pronto en salas de cine: Mind Wars, que trata del complot de la industria cinematográfica por el domino psicológico de las personas y la agenda imperialista de un grupo secreto llamado The Dark Mind Lords.

En la siguiente columna retomaré el tema de las historias, mitos y la vida cotidiana. Buen fin de semana.

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