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| Escrito por Horacio Marchand | |||
| Viernes 15 de Abril de 2005 17:54 | |||
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Lo que quizá nos hace falta al mundo para unirnos y dejar de autodestruirnos crónicamente es encontrar vida inteligente en otro planeta y que nos ataquen; que nos declaren abiertamente sus planes de conquistar el planeta Tierra. Ante una amenaza como ésta, digna de una novela de Assimov, los humanos nos afiliaríamos, y la migración ilegal de mexicanos hacia Estados Unidos, entre muchas otras cosas, quedaría relativizada, y quizás hasta pensarían en reclutarlos para un nuevo ejército galáctico. Es que la última de los minute-men (caza-ilegales norteamericanos que resguardan la frontera de Arizona) es el colmo. Y no lo digo sólo como queja nacionalista ni por el dolor que causan los miles que mueren en el intento de cruzar; lo digo porque los minute-men, y todos los esfuerzos por solucionar el problema de inmigración ilegal por el lado de la oferta (en lugar de por el lado de la demanda), sólo complican y agravan el problema. Los minute-men, robaron su nombre de los tiempos de la independencia de Norteamérica, donde un grupo especial de patriotas tenían la reputación de estar listos en “un minuto”para pelear. Estos minute-men arizonianos, están armados, aunque sean civiles, y se plantan con sus termos, bronceadores, i-pod’s, y binoculares. Su fundador Jim Gilchrist, en una ocasión llegó a compararse con Martín Luther King, como luchador social. El odio, vía la xenofobia, tiene un gran atractivo cuando se trata de movimientos sociales. El buscar y encontrar a un enemigo, conspirador, amenazante de la cultura, mueve a las masas, sobre todo a las débiles y a las confundidas. Antes que a los mexicanos, en Norteamérica se odió a italianos, irlandeses, escoceses, asiáticos, y antes de ellos a los africanos que trajeron como esclavos. En México, por nuestra parte, se discrimina a los indígenas, a las mujeres, y también a los centroamericanos que vienen a quedarse o están en trayecto. El odio capta la atención y atrapa al que está listo para ser un fanático. El fanático no cuestiona porque secretamente quiere fundirse y desaparecer en un movimiento para dejar de cargar con él mismo. Es que en el fondo predomina la frustración personal y un sentido de vacío, por lo que el fanático se aferra a algo externo. Al respecto Eric Hoffer corrobora: “Los movimientos masivos pueden nacer sin creer en Dios, pero no pueden hacerlo sin creer en el diablo. La fuerza de un movimiento masivo es proporcional a la viveza y lo tangible de su demonio”. Para diferentes propósitos, y sin que necesariamente sean comparables entre sí, Hitler utilizó a los judíos, Fox al PRI, López Obrador a los que complotistas que lo desaforaron, Hugo Chávez y Fidel Castro a Estados Unidos, Bush a la tragedia en las Torres Gemelas. En México la lucha de clases es uno de los candidatos más viables a este respecto: pobres contra ricos; el explotador vs. el explotado. Regresando a los minute-men; tienen derecho de reforzar y militarizar su frontera. Pueden incluso montar un muro como el de Berlín, o una muralla como la China; pero lo que sorprende es lo estrecho del diagnóstico y el populismo con el que se mueve la inmigración ilegal, y sorprende más todavía que no les quede claro -como país madre del capitalismo- que si la demanda se mantiene, en este caso de ilegales, y se restringe la oferta, entonces el precio sube. Y al subir el precio, la utilidad se dispara y la atractividad de la industria se incrementa. Es decir, poner barreras en fronteras para disminuir temporalmente el flujo de trabajadores mexicanos provocaría que los precios suban y los mexicanos que allá están ganarían más dinero. De esta manera más mexicanos ratificarían lo bueno que es irse a Norteamérica. ¿Qué otros precios subirían? Además de los precios por mano de obra mexicana, los “polleros” subirían sus tarifas, los métodos para meter personas ilegalmente a territorio norteamericano serían más sofisticados, y las ganancias serían mayores incentivando la entrada de nuevos jugadores a este billonaria industria. Estimaciones recientes calculan que el tráfico de personas por el mundo asciende a unos 12 mil millones de dólares –en tercer lugar, debajo del narcotráfico y el tráfico de armas. Y luego está Lou Dobbs, un economista norteamericano que se ha convertido en comentarista de televisión en temas de negocios, y lleva una racha de criticar a la ola de inmigrantes que “roban empleos a los norteamericanos”. Frenen a los ilegales, refuercen las fronteras; pero Sr. Dobbs, pues ya NO los contraten. Ud. es economista, debería entender esto. Y Dobbs persiste, y en su programa invita a 3 personas de organizaciones civiles que, con nivel, lo vapulean. Le dicen que es a través de inmigrantes que se construyó Norteamérica, que pagan impuestos, que contribuyen con su energía emprendedora, que progresan, y sí, claro, también están de acuerdo que se tiene que detener la inmigración ilegal, que tiene que regularse, pero con acciones integrales, multidisciplinarias y holísticas, no solamente militarizando las fronteras. Cuando algo no puede prohibirse o detenerse, lo único que queda es controlarlo. Con permisos temporales, tecnología, regulaciones, o con alguna otra cosa que esté por inventarse. Si los ilegales ven la oportunidad de irse, aunque sea temporalmente y sin arriesgar su vida, lo harían. No hay soluciones sencillas ni únicas. Pero la forma en que se están manejando las cosas trae una trayectoria negativa y tiene que actuarse. No hay por qué esperar a que el odio explote o las tragedias se disparen. Y sobre todas las cosas, no olvidemos las leyes del mercado, de oferta y demanda. Con modalidades y todo, pero estas leyes aplican en los ilegales, drogadicción, prostitución, narcotráfico; así como en las paletas, automóviles, tacos y huaraches. Artículo leído: 1033 veces. Te invitamos a participar opinando en la sección de Comentarios (0)
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