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El Crayola de Homero
Oportunidad, Innovación y Crecimiento
Escrito por Horacio Marchand   
Lunes 30 de Mayo de 2011 00:00
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Después de que superas la batalla más grande de todas: la de enfrentarte a ti mismo y cambiar, donde ya te sacudiste a tu vieja versión y avanzas hacia lo desconocido, te queda el reto de enfrentarte a todos los que tienes al lado.

Cambiar no sólo es un tema de uno, sino de los que nos rodean. La familia, la empresa, la organización, la cultura; la fibra de relaciones interpersonales que ya se acostumbraron a interactuar contigo de una manera específica, son los que te pueden frenar.


Nietzsche nos lo advierte: la persona tiene el reto de desarrollar la inextinguible fuerza de la generación y creatividad dentro de sí misma, al mismo tiempo que depende de la necesidad de obtener algo poderoso fuera de sí misma. Vivimos atorados entre tener una vida sin precedente (la de generación) o una vida con precedente (la de la escasez); entre ser la excepción, o ser la regla; entre ser original, o ser copia.

Yo creo que a Nietzsche le hubieran gustado Los Simpson. En un episodio descubrieron por qué Homero estaba tan idiota: tenía un crayola insertado en el cerebro. Desde niño, este objeto le bloqueaba su capacidad intelectual lo que lo convirtió en el torpe que todos conocemos. Los médicos optaron por retirarlo y ocurrió un milagro: Homero se hizo inteligente. Su Coeficiente Intelectual subió de 55 a 105 puntos, casi el doble.

Lisa, la niña prodigio, se maravilló con su nuevo padre. Ahora, por fin, se explicaba por qué ella era tan brillante si tenía parientes tarados. Entre los actos inteligentes del nuevo Homero se puso a escribir un reporte sobre la frágil seguridad de la planta nuclear en la que trabajaba y lo que consigue, sin quererlo, es el despido de todos los trabajadores y el cierre de la empresa.

Por otro lado, los amigos de Homero, al principio emocionados con tener un amigo inteligente, lo empiezan a rechazar. Ya no se hallaba bien en el grupo, se convirtió en un extraño con un aire de inteligencia que apestaba en la Cantina de Moe. El perro de la familia, la mascota de toda la vida, se siente alienado con el nuevo Homero, el cual, confundido, se empieza a deprimir.

Lisa se pone a explicarle a Homero que conforme la gente avanza en inteligencia empieza a decrecer la felicidad y aparece la duda existencial. Él ya no se ríe de los chistes, no encuentra la gracia o el gozo en las cosas intrascendentes, la relación con su esposa Marge se siente diferente.

Abrumado, Homero decide mejor reinsertarse el crayola.

Santo remedio. Ajúa.Todo regresa a la normalidad, con su poca conciencia se convierte nuevamente en el adorable idiota que devora hot dogs, bebe cerveza con los amigos, experimenta los vaivenes emocionales de un niño. Sólo Lisa estaba desilusionada, pero una carta que el Homero-listo le escribió antes de regresar a ser el Homero-idiota la llenó de alegría. El episodio acaba con Lisa abrazando al Homero de siempre.

Es que el grupo parece tener un mandato antropológico que busca proteger; quiere la homologación. La entidad sociológica rebasa y en cierta forma sacrifica a la entidad individual que muestra iniciativa, diferencia, riesgo. Si eres excepcional, por algo bueno o algo malo, polarizante, te consideras un agitador, eres no-tribu. Te conviertes en el chivo expiatorio, en el sacrificio que el grupo hace en aras de asegurar la cohesión, la normalización, el promedio.

Como si la entidad tuviera vida propia, la burocracia tiene por sí misma un propósito: subsistir y mantener el statu quo a como dé lugar. Los principios de las organizaciones rebasan a los principios de los individuos; tienen precedencia y parecen estar inscritos en piedra. La empresa frecuentemente maneja a los directores y no los directores a la empresa.

Para innovar entonces hay que vencer a la empresa; hay que persuadirla, seducirla, forzarla, para que entonces pueda romperse la inercia y la trayectoria. Esto ocurre en empresas grandes y pequeñas, hasta en parejas.

Con otra modalidad Eric Berne, autor de Games People Play, documentó un caso de una señora que sufría con su marido alcohólico pero que, al mismo tiempo, el hecho de cuidar de él le daba un sentido de propósito, le proveía un sentido de seguridad que no se iría con otra “que nunca lo aguantaría”, lo aceptaba como su “cruz” que abnegadamente ofrecía como sacrificio. Lo interesante y paradójico fue que cuando el marido se cura finalmente del alcoholismo, la relación se desmorona. Las nuevas formas de interacción generaron una ansiedad enorme. La pareja se había acostumbrado a operar bajo la dinámica anterior y no pudo con el reto de lo nuevo.

Y así se pueden extrapolar una serie de situaciones que irrumpen con el esquema tradicional de interacción entre las partes: cambio de vecindario, cambio de puesto, estudios, superación personal o profesional, maduración, viaje, ideas frescas, etcétera.

Concretamente en la empresa, las innovaciones conllevan nuevas dinámicas de interacción, de prueba y error, de acomodos y reacomodos, de riesgo, de cambio en el statu quo. Es natural que la organización se resista.

Si el que trae el cambio como bandera 1) no tiene el soporte y aliento de los círculos de poder dentro de la empresa, si 2) no cuenta con los recursos necesarios para que la iniciativas prosperen y no se queden a la mitad del camino, si 3) no está contemplado, por diseño, que algunas exploraciones no saldrán exitosas a la primera, entonces este campeón quedará aislado, linchado, expulsado como chivo expiatorio; como cuando Moe corre a Homero de la cantina.

Esto es un fenómeno natural, sociológico, de psicología evolucionista, del manejo de la sombra jungiana en los grupos; tiene que visualizarse así y formar parte de la ecuación cuando se trata de innovación y cambio organizacional.

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