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Simpson y Nietzsche
Oportunidad, Innovación y Crecimiento
Escrito por Horacio Marchand   
Jueves 19 de Octubre de 2006 14:11
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Eso de cambiar es un reto gigante; no sólo para uno porque se gasta energía adaptativa ni porque haya una resistencia natural a cambiar; sino por las implicaciones del cambio que le ocasiona a nuestro entorno, a nuestras relaciones inmediatas y mediatas, y en general a todo nuestro sistema.


En uno de los episodios descubrieron por qué Homero Simpson era así de idiota: le encontraron una crayola insertado en su cerebro. La radiografía sorprendió a los médicos y rápidamente decidieron remover el objeto con cirugía.

Y Homero sufrió una transformación asombrosa. Se hizo absolutamente inteligente, juicioso, prudente; sus comentarios eran lúcidos y educados. Lisa, su hija maravilla, estaba fascinada por la brillantez de su padre. ¡Si tan sólo le hubieran detectado el crayola en el cerebro de su padre antes!

Pero fuera de la reacción inicial de Lisa, el resto de la vida de Homero se empezó a desmoronar; todo empezó a reconfigurarse. Su calidez idiótica parecía hacerle falta a todo el mundo, empezando por sus amigos de borrachera del bar Moe’s que cuando lo veían lo repelaban por “raro”. Hasta su esposa se extrañaba de su comportamiento y sus hijos lo desconocieron.

Todas sus posiciones anteriores, la zona de confort establecida con su entorno, su trabajo, su rutina, sus interrelaciones, súbitamente fueron interrumpidas por este Homero inteligente e inesperado. Incluso él mismo empezó a sentirse aislado, confundido, incomprendido; todo su sistema entró en crisis.

El desasosiego fue tanto que al final todos estuvieron de acuerdo: reinsértenle, por amor de Dios, el crayola en el cerebro. Homero despertó de la segunda cirugía para seguir siendo el mismo inconsciente e irresponsable idiota, pero tierno y querido.

El cambio en el entorno provocado por su propio cambio, lo habían forzado a regresar a su viejo yo.

Es que el cambio a su vez imprime más cambio multi-direccional; presiona a la adaptación y al reestablecimiento de interfases y relaciones familiares, sociales y de negocios. Por eso el grupo, el establishment o el sistema, intenta aplacar a la dinámica del cambio y jalarte hacia lo predefinido; hacia donde no provoques el enfrentamiento de los individuos contra ellos mismos ni contra sus costumbres; algo así como no nos traigas ambigüeda, ni ansiedad.

El diferente tiene que ser sometido. La tribu necesita certeza y conformación a los roles establecidos. El que cambia, el que se sale de la norma, automáticamente tiende a ser rechazado y es obligado a regresar a su condición anterior donde su rol está claro, y por ende el de todo el mundo.

De Homero Simpson paso a Nietzsche, que dice que vivimos atorados entre tener una vida sin precedente (la de generación) o una vida con precedente (la de la escasez); entre ser la excepción, o ser la regla; entre ser original, o ser copia.

Por un lado está la energía generativa, exuberante, y experimentadora. Es la fuerza que no duda de su capacidad de renovación, que tiene pocos remordimientos, que no teme al futuro y, en una frase muy nietzschana, “que no se inhibe ante la conciencia de la historia”.

Por otro lado está la energía del hambre de vida. Es la fuerza que nos empuja a obtener el poder externo para guiarnos y que nos diga cómo comportarnos para satisfacer nuestras necesidades. Esto refleja una negación de nuestra propia experiencia al subordinarla frente a lo que otros esperan que nosotros experimentemos.

Nuestras acciones y decisiones pueden provenir de la parte fuerte y la potencia creativa -que quiere manifestarse- o pueden venir de la parte ansiosa y débil -que quiere a toda costa la aceptación convencional-.

Este último punto nos lleva a movernos en el mundo de los convencionalismos sociales y formas aprobadas de interacción. Si rompemos demasiado con esto, corremos el riesgo de aislarnos, de ser vistos como bichos raros, y terminar excluidos. Este sistema de fronteras nos mantiene a casi todos en la normal estadística de una curva de distribución.

De ahí el borreguismo, las modas, las tendencias, el querer imitar a otros, copiar formas aprobadas de ser, el deseo por afiliarse y pertenecer; de auto-amordazarse. Y de ahí también que los originales, insensatos e irreverentes sean tan pocos, y casi siempre terminen excluidos y olvidados; o acaben cambiando al mundo.

Cuando se piense en un cambio organizacional conviene también pensar en las implicaciones mismas del cambio, más allá del objetivo de negocios que se quiera asumir. El cambio organizacional es necesariamente un cambio personal y bajo esta perspectiva el cambio puede “empaquetarse” y venderse internamente como un tema que también puede ser transformacional y capaz de despertar la pasión por lo que uno hace.

Artículo leído: 2415 veces.
Te invitamos a participar opinando en la sección de Comentarios (1)add comment

Arturo Armenta Vazquez said:

Amigo
Como todos los artículos que he leído de tu autoría, interesante y edificante Horacio, el punto es el equilibrio (como todo en la vida, creo…) entre la diferenciación y la homologación, ya que he tenido la fortuna de conocer a gente brillante y desde luego diferenciada a la cual la mayoría dice admirar y en no pocas ocasiones al voltearse estas, lo critican o se burlan de ellas, y por otro lado, algunas de estas personas brillantes, al profundizar mi amistad con ellas, percibo un dejo de amargura por no “tener” el reconocimiento (cualquier cosa que ello signifique) de los demás o al menos de la gente que a ellos les interesa, y esta “amargura” no minimiza en algo su brillantez, simplemente muestra el lado humano de su grandeza…

Gracias por compartir tu experiencia


 
julio 27, 2009
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