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Así, ¿quién no? Claro que General Motors (GM) va a dejar de perder dinero y empezar a ganar utilidades muy pronto. Con 65 mil millones de dólares inyectados, con los flujos producto de liquidaciones de activos, con reducciones de nómina de 2 mil millones de dólares anuales, con la venta de la mitad de sus marcas sería el colmo que no ganara dinero.
Pero ganar dinero así, en medio de la protección de leyes de bancarrota y con el apoyo total del Gobierno norteamericano, no tiene mucho chiste. El problema de GM es también uno de mercado y me atrevo a decir que es incluso más grande que el de su modelo de negocio, su estructura financiera o su palanca operativa.
Mientras GM no conceptualice su problema como uno de ventas y de participación de mercado, los miles de millones de efectivo que se invierten o se allegan, desaparecerán como agua entre las manos.
El nuevo CEO, Henderson, es un hombre de "adentro" formado en contabilidad y con experiencia en temas financieros y globales, pero lo que necesita GM es un enfoque comercial y de marketing que venga de afuera de la compañía.
Además, ahora GM tiene un obstáculo adicional: el dueño mayoritario es el Gobierno.
Con estas condiciones no pueden tomarse decisiones verdaderamente innovadoras o irreverentes, como lo demanda la situación. Existe un conflicto fundamental y es virtualmente irreconciliable entre la orientación competitiva que requieren las empresas globales y la función social.
El diagnóstico equivocado, sumado al perfil de Henderson y la influencia que tiene el Gobierno en la gestión, convierten a este esfuerzo de rescate en otra bomba de tiempo.
Los competidores de GM deben estar de fiesta. Por su lado, Ford ya anunció incrementos en sus cuotas de producción y es cuestión de minutos que Toyota, Honda y otros corran a toda velocidad para llenar los grandes espacios que el desmoronamiento de GM está abriendo.
Sigo pensando, como hace 4 años que escribí sobre el tema, que es una pena que GM, y para el caso las automotrices estadounidenses, no aprovechen sus modelos clásicos que siguen apareciendo con vitalidad en la cultura pop del mundo.
Vistos como objetos cool y de estilo, como si poseyeran una mitología propia alimentada por la nostalgia, los automóviles clásicos norteamericanos aparecen en fotografías emblemáticas, empotrados en las entradas de restaurantes de moda y antros, en desfiles de modas, en videos del MTV y anuncios de vanguardia; además, son de los más peleados por los coleccionistas.
Los norteamericanos tienen algo que no tiene la competencia japonesa: el diseño y la propiedad intelectual de varios autos ganadores en el pasado que lideran la mística automotriz del mundo, como si se trataran de arquetipos motorizados.
Imagínate circulado por las calles a los automóviles "a la Al Capone", negros, con sus llantas de cara blanca; o a los convertibles color blanco o rojo "a la James Dean", con picos metálicos en la parte trasera y rines de magnesio gigantes y vistosos.
La nostalgia vende. Se vende en modas de ropa, juegos, remakes de películas, canciones y literatura, al igual que se reflejan en corrientes de pensamiento, en tendencias religiosas, políticas e intelectuales.
Independientemente de la factibilidad de retomar el tema de la nostalgia como propuesta de valor, el punto es que el problema y la solución cada vez más están allá afuera en el mercado, no adentro en la operación.
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