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¡Gooooooool!
Marketing
Escrito por Horacio Marchand   
Viernes 16 de Junio de 2006 10:44
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Y llegó un marciano a la Tierra. Vino de investigación con miras a conquistar al planeta en un futuro cercano. Tenía como regla no hacer contacto con nadie. Sólo venía a observar al mundo, a sus habitantes, a sus costumbres, a sus valores, a sus Dioses.

Visitó diferentes países y a donde fue se encontró con televisores encendidos. Ahí la gente se reunía y frente al aparato manoteaba efusivamente, aunque a veces lucía molesta. Era tan común el patrón que finalmente se dispuso a ver lo que miraban: 22 jugadores alrededor de algo redondo que llaman balón. Todos lo persiguen, lo siguen, lo quieren poseer.

Al entrar a la red del equipo contrario, millones de gentes gritan en unísono: ¡GOOOOOOOOL! Tiene que ser un rezo comunitario, pensó.

En su platillo volador invisible llegó finalmente a Alemania y el marciano ahí concluye de manera contundente: el Dios de este planeta es un balón. Todo gira alrededor de él. Si conquistamos al balón conquistamos al mundo.

Reporta desde la Tierra sus descubrimientos. Sus superiores le ordenan regresar a Marte, pero el no quiere regresar. Les dice se quiere quedar a la final y que le va a Brasil.

Esta Visión del Marciano es una herramienta que en ocasiones se utiliza en ejercicios de Estrategia para obligarnos a ver las cosas con objetividad, como si no supiéramos nada, para ver si desarrollamos una intuición que nos haga replantearnos estratégicamente como negocio.

Y volviendo al fútbol, eso de patear un balón es maravilloso. Tiene que estar en nuestros genes. Al igual que correr, a jugar soccer nadie nos enseña. Vemos a los niños que tan pronto caminan se arrancan corriendo, aunque descoordinados y torpes, e inmediatamente después se ponen a patear latas, piedras, juguetes y pelotas.

Correr tiene una explicación lógica evolucionista: corríamos del enemigo --un tigre colmilludo-- y corríamos tras la comida --un obeso mamut. Jugar soccer quizá también la tenga: somos lúdicos y tribales por naturaleza.

El juego provee una forma civilizada de competencia agresiva: le mientas la madre al árbitro, maldices al equipo contrario, cierras los puños y brincas de júbilo, gritas hasta la afonía como si tus gritos fueran escuchados a través de miles de kilómetros hasta llegar a la cancha.

Es también un juego de tribus: la mía contra la tuya; la aguerrida vs la civilizada; los fresas vs. los rudos; los desarrollados vs los subdesarrollados; los favoritos vs. los menos favorecidos; David vs Goliat.

Es también un juego de fanáticos: hay infartados, peleoneros, llorosos, deprimidos, eufóricos.

No sé si Dios o la evolución nos proveyó de un chip futbolero pero difícilmente puede haber otra explicación.

El fútbol nos tiene que representar como especie; de qué otra forma se explican los 5 mil millones de televidentes que verán el fútbol a lo largo del Mundial, el desplazamiento masivo de gentes hacia el país sede, el que eventos se planeen alrededor del torneo (por ejemplo, legisladores portugueses decidieron reagendar un debate parlamentario porque estaba programado justamente en el juego de México-Portugal).

No hay evento más importante sobre la Tierra.

Las Olimpíadas tienen más tradición, pero es el Marketing lo que hace la diferencia en el Mundial. En las Olimpíadas no se ve bien que haya anuncios dentro de los estadios, cuidando su vocación amateur, pero en el Mundial todo parece estar patrocinado por alguien, o por algo.

El Super Bowl, otro evento magnánimo, apenas reúne unos 95 millones de los televidentes en la final y la gran mayoría están concentrados en Estados Unidos que, a pesar de los avances en la materia, el Mundial de Fútbol sigue pasando virtualmente desapercibido en Norteamérica.

Hay sociólogos que afirman que una de las funciones más importantes de seguir las noticias es que da pie a la conversación y a la interacción intergrupal; pero nada funciona como el Mundial de Futbol. El dinero entra y sale, cambia de manos, se libran batallas de posicionamiento, se genera tensión, se contraponen los intereses (con información del New York Times/Landler):

• Master Card demandó a la FIFA porque le dio el contrato de patrocinador a VISA hasta el año 2014.

• Lufthansa, la línea aérea alemana, pinta un balón gigante blanco y negro en las narices de sus jets y la línea aérea Emirates de Dubai, que sí pagó la licencia de patrocinador oficial, está furiosa.

• Anheuser-Busch, otro patrocinador oficial, enfrenta el disgusto alemán –tierra cervecera por tradición—por la venta de cerveza “aguada”.

• Nike patrocina a 8 equipos, incluídos Brasil, Estados Unidos; Adidas, patrocinador de 6 equipos, entre los que se encuentra Argentina, está desconcertada que China no calificó; Puma, de origen alemán, patrocina a 12 equipos.


¿Y de dónde viene este juego fantástico?

Los orígenes del soccer se especulan que tienen miles de años. Que hay evidencia del “pateo de balón” en China, Grecia, Roma y Centro América. Pero es en Inglaterra donde se conforma como disciplina.

Entre las versiones de los orígenes del soccer está una curiosa:

A principios del siglo 19, particularmente en las islas británicas, se juntaban dos pueblos vecinos y se ponía un balón al centro de los dos, a kilómetros de distancia equivalente de su centro respectivo.

Ahí todo el pueblo reunido, hombres, mujeres, niños, empezaban a patear el balón con el objeto de llegar al pueblo contrincante. No había fueras, no había pausas. Poco a poco los más débiles iban dejando el partido y sólo quedaban los jóvenes que pateaban el balón sin cesar.

A veces este raro encuentro duraba días hasta que el balón llegaba al centro de la ciudad vecina, donde finalmente se declaraba un ganador y se hacía una celebración.

Gracias a este juego loco tenemos al Mundial de Fútbol. Entre más audiencia exista, más intereses estarán en juego, más dinero habrá en campañas de marketing y patrocinios; y todo esto alimentará al juego de la humanidad, el que un marciano confundió con nuestro Dios.

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