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Blog de Horacio Marchand
Ideako y su Mente Voladora Parte 14 y FINAL Descargar como PDF
Sábado 09 de Enero de 2010 14:06
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Ideako y su Mente Voladora Parte 14 y Final
Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, y/o una real con toques de ficción, que fue escrita hace más de una década...... como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

Del Ser, el Destino, los Genes y la Conducta

Cuando los Titanes -precursores de los Dioses del Olimpo- mandaron a Pandora a la tierra, le encomendaron una caja que le prohibieron abriera.

Naturalmente la curiosidad le ganó y la abrió.

Salieron destapados, males, maldiciones y enfermedades que rápidamente se esparcieron por el mundo.

Pandora se llenó de pánico y cerró la caja con prisa pero era demasiado tarde. Todos los males fueron liberados excepto uno que no alcanzó a salir.

Se trataba de la esperanza.

¿Qué hace la esperanza en medio de una caja infestada de males?

Es que la esperanza es estéril, inútil, ilusoria; cuando menos eso afirmaban los griegos.

La esperanza no tiene remedio frente al destino. Es una fantasía eso de querer comandar la vida de uno mismo. El destino está escrito y sólo es cuestión de tiempo para que se manifieste.

Ahí está el pobre de Edipo -que siempre lo ponen de ejemplo- que luchando contra todo terminó envuelto en lo irremediablemente  trágico de su destino.

Aunque no todo lo que tiene que ver con destino es trágico, también hay destinos triunfales y magnánimos.

Hablar del destino, o del determinismo biológico que más adelante señalaré, molesta a la gente. Molesta la idea de que estamos indefensos, impotentes y atados de las manos para autodeterminarnos.

La asociación inmediata del destino es que acaba con el libre albedrío, que aniquila la fuerza de voluntad y la posibilidad de mejorarnos.

Pero existe la posibilidad, o eso queremos creer, de que el libre albedrío coexista con el destino, porque el destino se limita a decir lo que va a pasar y le toca a la persona si lo ejerce o no.

Esto va a ocurrir.

No, más, no, menos.

Claro que hay ambigüedad y la ambivalencia fascinante.

La esperanza es lo último que muere, si, pero en la visión griega la esperanza nunca debería de haber existido.

Okay. Si el destino es tan contundente, ¿dónde fregados quedó el mío?

¿Por qué no aparece, por qué no me dice, por qué no me orienta?

Y le pregunto: ¿Por qué te eludes destino?

Y cuando por fin siento que lo tengo y lo entiendo, se escurre como arena fina entre mis manos.

Nietzsche escribió que el destino te grita silencioso y te reclama todos los días de tu vida. Que te jala como una fuerza invisible hacia él, que te arrastra; pero no se revela ante ti. Si se acaba el misterio, se acaba la vida. Una vida binaria no es vida.

Aunque sería mucho más fácil que el destino se manifestara ante mí y yo sólo lo guiara con palmaditas en los hombros.

Nos acompañáramos mutuamente por el camino de la vida. Sumaríamos, hablaríamos, seríamos amigos.

Pero mi destino no quiere o no sabe como entablarse conmigo. Cree que su naturaleza es secreta y sorpresiva. Debe creer que si se muestra ante uno, pierde fuerza.

Pero yo, destino, te invoco.

Te invoco.

Aparece.

Tócame.

Te reto, destino, a que aparezcas.

La destino es mejor que el destino.

Te reto a que seas una bella mujer de cabellos largos, vestida con túnicas blancas, con flores en el pelo, que huelas a mujer y con destellos de jazmín y mirra; que no toques el piso y flotes a una altura mágica para que estés ligeramente arriba de los mortales comunes y te desplaces ingrávida, llena de gracia.

Te reto a que aparezcas y me cantes. Que me invites a bailar, que me abraces y me lleves contigo. Que hagas aparecer una leve música de fondo, que enaltezcas mis sentidos para sentir todo tu cuerpo, toda tu alma.

Te reto a que me seduzcas a pesar de que sabes que ya soy tuyo.

Si me seduces, me tocas, me inspiras y me dejas acariciarte, sabré y estaré seguro que se trata de ti.

Necesito saber que se trata de ti, porque creo que es tan malo no encontrarte, como encontrarte y no saber nunca cuando fué que viniste.

Pero, pensándolo bien, si realmente se tratara de tí destino, entonces para qué me preocupo porque la condición del destino es que llega y se cumple.

Llegará.

Será.

La Genética

La alternativa brusca a mi musa-destino son mis genes que me tienen dominado.

Si en su tiempo Darwin escandalizó al afirmar que somos hermanos de los simios, hoy en día el escándalo tiene que venir de la Neurociencia.

La Neurociencia explica al cerebro ligado al sistema nervioso y la realidad personal de cada individuo en el planeta.

Así como en el caso del destino, la Neurociencia causa incomodidad, incluso miedo.

Da miedo la posibilidad de que todo lo que somos, lo que creemos, lo que hacemos, y en general, cómo nos va en la vida, depende de nuestra estructura biológica y el ADN (DNA, en inglés).

Se puede rastrear al cerebro (su composición y su proceso) para explicar el desdoblamiento, el rol, o el guión de vida de cada persona –como si fuera una película o un programa de software.

Si eres una persona agresiva, tímida o maleable, es que tu química así lo determina; lo mismo si eres pasivo, acelerado, introvertido o extrovertido; si conquistas en los negocios, al sexo opuesto, acumulas poder y dinero, dale las gracias a tus genes.

Incluso esa luz blanca y brillante que dicen ver los que se mueren por instantes y regresan a la vida, no es el paraíso de luz o el cielo lo que están viendo, sino simplemente ocurre una reacción química cuando el cerebro se está apagando, y ya.

La Neurociencia exalta la supremacía del determinismo biológico apoyándose en herramientas de medición con nombres extraños: tomografía axial (PET), resonancia magnética (RMF), espectroscopia por resonancia magnética (ERM) entre otras; que permiten observar el funcionamiento del cerebro con una claridad impresionante, analizar al cerebro en tiempo real, y explicar su desempeño frente a estímulos, o bien, su condición propia.

Incluso hay un neurocientífico que asegura haber inventado un “casco” que al colocárselo cualquier persona y al conectarle unos electrodos al cráneo, puede determinar –en segundos- su Coeficiente Intelectual y buena parte de su personalidad.

Este relajo del determinismo biológico se disparó cuando un psiquiatra australiano de apellido Cade, administró accidentalmente litio a un paciente que llevaba 20 años encerrado en una clínica.

A los 3 meses lo dieron de alta al exhibir un comportamiento normal; el problema de décadas quedaba resumido a lo que alguien llamó como un imbalance químico.

Un tal Pinker, del MIT (Massachussets Institute of Technology) puso de moda a principios de este siglo la noción que la biología es más poderosa que el aprendizaje.

Esta idea pudiera amenazar a los valores de igualdad política, progreso social, responsabilidad personal; así como el significado y propósito en las personas, incluyendo el discurso de si Dios es consecuencia de un “chip” biológico que nos obliga a creer en algo más grande que nosotros mismos. O como dice Saramago “la intolerancia a la muerte es la Madre de Dios”. Duras ideas; controversiales.

Esta discusión no es realmente nueva.

Rousseau, afirmaba que los niños eran “nobles salvajes” que se desarrollaban de acuerdo con sus tendencias naturales.

Hans Seyle apuntaba que los humanos “civilizados” eran tan sólo cavernícolas atrapados en nuevos roles y convencionalismos sociales, y que las dos formas primordiales de interacción con la vida: correr o pelear, vienen a imponerse finalmente en nuestra cotidianidad.

Entonces.

¿Yo soy mis genes y ya?

¿Yo soy mi destino y ya?

¿Yo soy mis aprendizajes y ya?

Que desmadre.

Lo bueno es que este libro ya está por acabar. Ya me ocuparé de cosas más ligeras y triviales en los próximos meses.

¿O serán años?

¿Cuánto tiempo podré descansar una vez que concluya esto?

Y para el caso, ¿qué es el tiempo? Bueno ya, basta.

Conductismo

En su forma más elemental, el conductismo frecuentemente se explica con Pavlov y sus perros que aprendieron que al sonar la campanita, venía la comida. Con el tiempo, el simple ruido de la campana los hacía salivar y emocionarse con la mera anticipación.

La premisa sobre-simplificada: somos lo que nos condicionamos a ser. Somos producto del medio ambiente, es la frase cliché.

Locke acuñó el concepto de tabula rasa –pizarra en blanco- en el cerebro, donde afirma que un recién nacido al crecer y desarrollarse va “escribiendo información”.

Décadas más tarde, Skinner cristaliza el movimiento conductual.

El niño, que todavía no sabe hablar, observa la cochera de su casa donde se estacionan los automóviles, y llora. Quiere seguir en la calle. La conexión llegar/salir ya está hecha.

Algunos aprendimos a ser rebeldes ante figuras autoritarias, otros, a ser sumisos; algunos aprendimos a disfrutar de la vida, otros, a sufrir; algunos aprendimos a reír con fuerza, otros, a moderarnos.

Y estas conductas se pueden rastrear al momento, o a la suma de momentos, donde se va conformando una conducta en función de nuestro medio ambiente.

Entonces, yo soy lo que aprendí a ser.

O soy mi destino.

O soy mis genes.

O soy una combinación de los tres.

O no soy ninguno de los tres.

¿Tiene caso esta discusión? ¿Tiene una repercusión práctica? ¿A qué viene al caso?

Trascendencia

Un psicólogo vienés, de nueva generación, dice que entre las fantasías más comunes en la población están la de que la gente nace para algo especial, y el medio a enloquecer.

Durante un tiempo, pensé que yo nací para algo. Que tenía algún destino único y especial así como algún talento de genio o un camino acordado previamente antes de nacer, con alguien del más allá, o incluso con el mismo Dios.

—Cumple tu misión en el mundo, hijo mío, que por eso te envío, para que la realices. Te encargo, mi fiel siervo, mucha suerte. Cumple tu destino. Bye.

Y el viento sopló: fuuiishhhooooohhhhhh, ssshsiisiiuussshhh, tinginiliingigninii... Las puertas del cielo se abrieron, las trompetas tocaron y nací con mi destino, con mi misión claramente señalada.

Pero ya se me olvidó…!?

¿?=)(/& $··””!*^¨Ç_:;;··&%Ç*+¨´_-

No la encuentro. ¿Dónde dejé el papelito? ¡No hallo mi acordeón, la perdí mientras descendía al mundo! ¿Cuál era mi cometido? ¿Cuál era el camino que “nací para seguir”?

Yo quiero trascender, denme un recordadita. Estoy seguro que si sigo ese gran designio, si lo redescubro, trasciendo.

Ahora pienso que se trata de una idea fantasiosa, infantil, narcisista, megalómana, inflada.

Lejos de trascender, ser famoso y especial, con frecuencia me siento intrascendente, desconocido y aburridamente normal. Otras veces me encuentro de lo más idiota y de lo más complicado, que dilapido energía sin ton ni son, que sufro con tanto masajeo de ideas.

Y está el mito de la tormenta interna: un prerrequisito a la genialidad.

Pero la realidad es otra: yo con la tormenta sí, pero con el talento no.

Eso sí es estar jodido.

En el otro extremo: un feliz intrascendente, inocente para siempre, nada complicado, poco profundo, tímidamente reflexivo.

Ahí está, míralo:

Se carcajea, hasta que tiembla; yo rara vez me río así.

La gente lo quiere, le llama tonto, a veces, pero lo quieren.

Sus hijos lo adoran, su esposa lo cuida.

No lee un libro pero cuenta historias fascinantes.

No conoce de autores, pero aquí estoy escribiendo sobre él.

No viaja pero conoce cada universo individual de la gente que quiere.

No sabe mucho pero lo suficiente.

Come, bebe, ama, goza, y sobre todo ríe.

Cuando le hablé de trascendencia se me quedó mirando. Como preguntando.

¿De dónde venimos, a dónde vamos, para qué estamos aquí?

Y él contesta que venimos de casa de su primo, que vamos a mi casa y estamos aquí para tomar otro taxi.

Le expliqué lo que era la trascendencia.

Me dijo que le recordaba a Van Gogh, o bangojj, como lo pronunciaba él, y agregó: Pobre bangojjjjj, que se cortó la oreja, pobre.

Pobre ban-gojjj.

Pobre ban-gojjj.

Pobre de mí.

Mejor ya no pienso tanto, ni extrapolo ni proyecto.

Mejor ando, camino.

No es lo mismo saber el camino que andar el camino.

Mejor andarlo.

A cada día su propio afán.

Y quiero aprender a bailar tango.

Mejor, quiero aprender a bailar salsa. Como Celia Cruz.

Del flujo constante

Todo lo que se estanca se echa a perder: el agua, la comida, los músculos, la mente, las ideas.

El agua que corre por un río se disemina, se une a otros ríos, alimenta árboles, plantas, animales y humanos. El agua que se estanca, que no circula, se contamina. Se llena de mosquitos y se colorea de verde sucio.

El cuerpo soluciona este flujo con la digestión y el procesamiento de los alimentos: toma los nutrientes, los dirige a través del cuerpo y lo que no es aprovechable lo elimina.

El espíritu lo soluciona con una postura existencial: el espíritu crece cuando se da a otros, cuando nos entregamos por completo a una causa: lo que das, regresa.

¿Pero cómo se soluciona la parte mental? ¿Cómo es el flujo, cómo circulan las ideas, cómo se absorben, se nutren, se transforman?

¿O acaso la mente absorbe todo y lo acumula?

Los sueños, podrás decir, ahí sale todo en ese proceso onírico. Pero nadie lo ha comprobado. Aparte, con un toque de tragedia, casi todos se te olvidan y los que recuerdas ni les entiendes.

Podrás decir que con la psicoterapia, en la confesión con el sacerdote, en el diálogo con otros; ahí se saca todo. Sin duda esto ayuda pero cuando tenemos a alguien enfrente te cohíbes y te limitas.

Somos lúcidos con el prójimo y ciegos con nosotros mismos. Buenos para el diagnóstico ajeno, malos para el propio.

Tal parece que la naturaleza se le olvidó proveernos de un mecanismo para que las ideas tuvieran una salida natural y se enriquezcan en el proceso.

O, como lo plantea Sabato, ¿será que al igual que los grandes reptiles se extinguieron al cambiar el entorno, los humanos quedaremos rebasados, y eventualmente inoperantes? ¿Podremos adaptarnos al cambio vertiginoso, científico y racional?

¿Somos más físicos que mentales, más emocionales que estoicos, más primitivos que civilizados, más superficiales que profundos, más limitados que expansivos?

¿Dónde meto a los fantasmas y demonios que me asustan?

¿Dónde guardo las ideas horribles y crueles?

¿Qué hago con los pensamientos “impropios”?

¿Cómo respondo a mis dudas más profundas si no me atrevo a articular la pregunta?

¿Cómo compartir mis sueños de grandeza, mis metas grandiosas, magnánimas, arrogantes?

¿Cómo confiarle a alguien mis sueños más queridos, los más pasionales y los que encienden mi espíritu?

¿Cómo decir lo indecible, conversar lo inconversable, razonar lo irrazonable, atacar lo inatacable, confesar lo inconfesable?

Yo creo que escribiendo.

Escribiendo se sana el alma, se limpia a la mente, se pulen las ideas, se mantiene, aunque frágilmente, el equilibrio.

Por eso escribo. Escribo con decisión y escribo siempre. Cargo una pequeña libreta de piel y una pluma, siempre anotando como desesperado.

Escribiendo siento que me alejo del estancamiento, que doy sentido a mis ideas, que me entiendo o que por lo menos me apaciguo.

En el ejercicio de organizar mi universo interno y mi lucha personal, siento que me libero para lidiar con mi universo externo y mi lucha interpersonal.

Tú también, ponte a escribir. Hazlo ya y verás cómo tu mente se purifica.

Escribe lo que te pasa y en la cotidianidad encontrarás sentido.

Escribe tus ideas atrevidas y fantasiosas, así como las tímidas y realistas y pronto se unirán a tu vida proveyéndote de una fuerza insospechada.

Escribe tus ideas agresivas, desalmadas, crueles y mira de frente a tu Sombra. Cuando la mira de frente la integras y creces; si la niegas acabas controlado por ella.

Escribe sobre tus miedos, tus penas, tus dolores, y verás cómo sirve de bálsamo.

Escribe y no enfermaras sin sentido.

Escribe y sanarás.

Necesitamos de un proceso: pintar, leer, bailar, declamar, escalar, correr maratones, cantar, tocar un instrumento, tejer, programar, cocinar, cuidar el jardín, montar a caballo, correr automóviles, bicicleta, nadar, yoga, llorar, reír, etc.

O una combinación de todos los procesos anteriores.

O un proceso para diferentes etapas de la vida.

El tema es entregarse a la purificación, al reciclaje, a la aventura, a dar y a recibir, a entrar y salir. Todos necesitamos de un proceso.

El mío es escribir. O por lo menos por ahora.

Quizá este sea mi destino.

Quizá este sea mi guión genético.

Quizá este sea mi condicionamiento psicológico.

Quizá ya no importe tanto.

Lo que importa es que escribí.

Y escribir tiene que ser un logro.

Se cerró un círculo.

Se concluyó un gestalt.

Qui brevi fortes iacumalur aevo multa?

DESPEDIDA: Ideako ha cambiado mucho desde hace más de una década cuando escribió esto… quizá luego se anime a continuar con su narrativa parte real, parte ficción. Gracias a los que me siguieron en este viaje extraño, raspado, fantasioso y existencial. Pienso sumar todos los capítulos de Ideako y montarlos en un e-book con algunas imágenes. Dentro de unos días transformaré al blog a algo más cotidiano y espero más divertido e informativo. Buena Jornada.

Horacio

Última actualización el Sábado 09 de Enero de 2010 14:15
 
Ideako y su Mente Voladora parte 13 Descargar como PDF
Domingo 06 de Diciembre de 2009 13:01
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Ideako y su Mente Voladora Parte 13
Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, y/o una real con toques de ficción, que fue escrita hace más de una década...... como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

La soledad

Hoy siento sólo. Mi familia no está, salieron de vacaciones. Una mujer que conocí ayer en el avión, de esos encuentros en los que se tocan temas relativamente íntimos porque ambos saben que no van a volver a verse, soltó un llanto discreto cuando mencionó el tema de la soledad.

La soledad es caprichosa: a veces la sientes cuando estás solo y a veces cuando estás acompañado. La segunda es peor porque tiene un remedio más complicado que la primera.

La soledad es peor con la televisión. El control remoto te vuelve agresivo, malhumorado, libidinoso, frustrado. Al ver la televisión compruebas lo sólo que estás porque en la pantalla todos son felices, guapos, cool, heróicos; hasta los trágicos sufren con clase y estilo.

Apago la televisión y me dejo abrazar por completo por el sentimiento de soledad. Me abraza por dentro también, por los lados, por arriba y por abajo. Se siente horrible. Aplasta.

Un whiskey, rápido; una cerveza, un tequila. Rápido, rápido, rápido.

Me preparo un whiskey con limonada. No sabe mal. Ah. Empiezo a sentirme menos sólo, menos presionado por mí mismo. El alcohol perdona, aunque sea en el corto plazo; parece relajarlo todo. Lo termino, ah, y me siento acompañado de repente….o mi soledad ya no pesa. Ah. Otro whiskito, ¿no? Sí, no, sí, no.

Ah... empiezo a sonreír. El alcohol se asentó en el cerebro. Balbuceo en voz baja una canción alegre. De pronto me encuentro acompañado. Regresé, aquí estoy. Hola.

Pero al día siguiente,… antes de que amaneciera, vuelve la sensación. Como a las cuatro de la mañana -una hora donde se dice que ocurren la mayoría de los infartos- ya sentía el dolor de cabeza, y lo peor: seguía la soledad… si acaso acompañada por un malestar físico.

La soledad es una invitación a escapar.

Y finalmente metieron a la cárcel a ese estadounidense que cada cinco años, en promedio, abandonaba su ciudad, esposa, hijos, amistades y se iba a otra ciudad a empezar de nuevo. Ahí cambiaba de nombre, de oficio, se conseguía una nueva novia, se casaba, tenía otra vez hijos y cuando se volvía a sentir saturado y aburrido; adiós, hasta la vista, baby.

Cenaba en mi cuarto de hotel, era invierno, nevaba, decidí pedir room service, quedarme a gusto a ver la televisión. Y ahí fue donde vi la noticia; el tipo se veía “buena gente”, casi inofensivo. Pero dejaba arrumbado a sus esposas con hijos, a amigos y enemigos, a compañeros de trabajo. Bye.

La idea de escapar sigue aquí en la cabeza rondando. Veo cierto atractivo en ese libertinaje irresponsable, y esto me molesta.

Otros escapan a través del ejercicio. Yo debería hacer más ejercicio... tengo que hacer ejercicio, quiero hacer ejercicio, me conviene hacer ejercicio.

Tengo un amigo atleta que hace ejercicio todos los días y de una manera tal, que da la impresión de que también él quiere escapar de algo; de qué otra manera se explica el que se levante a las 4 de la mañana, con una temperatura ambiente de 5 grados centígrados a correr?….. tiene que estar huyendo de algo también.

Otros usan los problemas como un escondite para no tener que enfrentarse a ellos mismos. Una vida sin problemas puede aparecer aburrida, sin estructura, sin dirección. Si todo está bien se proponen —consciente o inconscientemente— a buscar alguna bronca real o imaginaria. Es mejor sentir una crisis que no sentir nada. Es mejor distraerse en el ocupismo que hacer introspección, que enfrentar al abismo. Es mejor tener un obstáculo con el cual lidiar que enfrentarse a algo que no se conoce; como a uno mismo.

Algunos usan a Dios, a la religión o a la espiritualidad. Se conectan con el más allá y desde allá parece que les mandan algo que les sirve, que los equilibra, que les brinda paz. Hay quienes cumplen con los rituales, tienen amigos sacerdotes o gurús, participan en actividades de beneficencia y se sienten buenos de corazón; lo sean o no.

Algunos no usan nada porque simplemente parecen estar bien. No se les ve inquietos ni angustiados. Siempre parecen estar bajo control. Se llevan maravillosamente con la familia y la gente. Son ecuánimes, no son complicados y casi no se quejan. Paradójicamente, éste nivel de represión es justamente el perfil predominante en los enfermos de cáncer.

Algunos meditan, practican yoga, tai-chi o rezan en absoluta concentración. Pero ellos no se escapan: se integran, se involucran, viven el presente. Experimentan simultáneamente un reto, una demanda y se conectan.

Y sí, también hay quien no le falta mucho; que está bien y punto. Como quizá lo estamos todos ocasionalmente.

¿Y sin en lugar de escapar, me centro aquí mismo?

¿Y sin en lugar de escapar me fusiono con el ahora mismo?

Quizá se abran los sentidos a otros ideas, objetos y emociones.

………

Es el fin del mundo.

Quedan 22 minutos y aparece el genio de la botella.

Hay tres hombres en el salón y el genio les presenta a cada uno de ellos con dos opciones a escoger:

Opción 1.- una hermosa mujer, de cabellos largos y sedosos, bien proporcionada y oliendo a perfume, con una bella sonrisa y dispuesta a pasar los últimos 22 minutos de existencia en una sesión de romance y lujuria.

Opción 2.- un banquete exquisitamente acomodado como en los mejores restaurantes, bien servido con pavo, lechón, roast beef, ensaladas de todos tipos, alcachofas, piñones, pistachos, jamón serrano, quesos, vino tinto, frutas, pasteles.

Y el genio les da a escoger sólo una de las dos.

El primero de ellos, el físico, el del buen apetito, escoge rápidamente el banquete; no vaya a ser que en el camino al cielo le dé hambre.

El segundo de ellos, el emocional, escoge rápidamente a la mujer; no vaya a ser cierto eso de que los ángeles son andrógenos.

El tercero de ellos, el intelectual, el de las ideas complejas, se pone a pensar y mientras más pensaba más dudas le entraban. Tenía que decidir y seleccionar la mejor opción en sus últimos 22 minutos de vida.

Se preguntaba, ¿por qué solamente dos opciones, por qué esas dos?

¿Por qué faltan 22 minutos para que se acabe el mundo?

¿De dónde salió este genio, de qué botella, por qué nunca lo descubrí antes?

¿Por qué tanta carne en el banquete? ¿Por qué una mujer pelirroja?

¿Y si todo es un engaño, una farsa, una ilusión, una pesadilla?

Meditaba el intelectual, ponderaba las opciones, las cuestionaba, le daba miedo tomar una decisión sin entender cabalmente las causas y consecuencias del dilema.

Ummm.

Uummm.

Uuummmm.

Uuuummmmm.

Uuuuummmmmm.

Pasaron los minutos y, al cabo de un poco más de reflexión, dijo: “Oye, genio, tengo un par de preguntas”.

Se oye un estruendo. Se mueve la tierra, se abre y se hunden las ciudades. Los vientos arrollan. Las aguas se crecen.

Habían pasado ya los 22 minutos.

Y se quedó sin respuestas, sin la mujer hermosa, sin el exquisito banquete.

Y sin nada.

En 15 días, la parte 14

 

 

Última actualización el Domingo 06 de Diciembre de 2009 13:17
 
Ideako y su Mente Voladora parte 12 Descargar como PDF
Lunes 23 de Noviembre de 2009 10:08
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Ideako y su Mente Voladora Parte 12
Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, y/o una real con toques de ficción, que fue escrita hace más de una década...... como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

El insomnio… el insooomniiooo

Ah, desgraciado insomnio.


Me molestas, me hostigas, me ofendes y me derrotas. Lo peor es que parece no costarte trabajo, pero me haces sufrir mucho. Cuando me atacas me agarras solo, sin nadie en quién apoyarme, sin nadie que me consuele; todos duermen, desgraciado, menos yo. Me agarras sólo con mi pesadumbre, con mis miedos, en medio de la noche, como ladrón.


¿Yo qué te he hecho? ¿Qué ganas atacándome?


Y el insomnio me contesta: “Yo, insomnio, quiero vivir al igual que tú, Ideako. ¿Qué acaso no tengo derecho a existir? Como todas las especies, lucho por mi sobrevivencia”.


—Pero no a costa mía, desgraciado.


—Y tú, Ideako, ¿no comes carne, verduras, frutas? ¿No has vivido a costa de otros?


—Mira, idiota, ya cállate y déjame dormir. O de plano invádeme por completo, despiértame totalmente, no me traigas somnoliento y estúpido, cansado y aburrido.


Invádeme totalmente y me levanto a correr tres kilómetros, a escribir, a pintar o a leer.


Pero no, ingrato, me tienes en medio del sueño y en medio de estar despierto. Me desgastas.


Me revuelco, doy vueltas, cambio de posición, tengo conversaciones con diferentes partes de mi cuerpo, y hasta ellas tienen conversaciones entre sí y yo me convierto en espectador.


Escucho los ruidos del mundo: los carros a lo lejos, fiuuummmm; los perros ladrando, guauu, guauuu, guauuu; los sonidos de la casa, esscuiiic, rriiuuun, turrun, turrunnurrun; el escándalo de la sirena, wwooouuii, wooouuiii, wwooouuii.


Veo todas las sombras del mundo: la luz que entra de la calle, las sombras que provoca, las luces de la videograbadora, el reloj del despertador, lo fosforescente de los switch.


Huelo todos los olores: los frijoles de olla al vapor, la carne asada del vecino, el jabón de las sábanas, la esencia de mi almohada, mi fijador de pelo.


Pruebo todos los sabores: la pasta de dientes que quedó embarrada en el labio, la boca seca, el aliento pesado y áspero.


Siento todas las superficies del mundo: la sábana mal tendida, la sensación de mi pijama, la textura de la colcha, el perfil de la pared, el filo del colchón.


No logro desconectar mis sentidos, que aseguro son muchos más de cinco, a pesar de todo lo que he probado.


He intentado tomar un par de cervezas, o whiskey y me adormecen, pero a las 4.00 a.m. despierto como si escuchara una alarma.


He probado el tequila y el vodka, pero éstos me aceleran más.


He probado el vino tinto, pero algún científico clama que provoca un efecto similar a la cafeína.


He probado somníferos pero los efectos secundarios atontan.


He probado la valeriana, la tila y otras hierbas, pero me hacen lo que el aire a Juárez.


He probado homeopatía, pero siento que me tengo que lavar los dientes cada vez que me tomo los chochos -turroncitos de azúcar bañados de las sustancias-, y como son cuatro cada x horas me la paso cepillándome el azúcar blanca.


He probado la meditación, la yoga, respiraciones, y lo mismo.


He probado el ejercicio y a veces me funciona, pero otras veces me acelera.


He probado cambiar mi estilo de vida y nada.


He probado no tocar la cafeína y lo mismo.


He probado médicos, me he hecho exámenes de todo tipo y nada, estoy normal.


He probado ignorar el insomnio, hacer como que no está ahí, como si no existiera, como diciéndole: no me importa, no me importas, me vales, me vaaaleeees. Pero ¡no me vale!


A veces me levanto y escribo —dicen que son horas de creatividad pura, pero yo me siento atolondrado.


A veces veo la televisión, los programas que anuncian productos para bajar de peso, para mejorar el aliento, para no tener barriga, para no sudar, para blanquear los dientes.


A veces leo y me da sueño pero cuando decido dormirme, vuelvo a pelar el ojo.


A veces doy vueltas para ver si llegó el periódico. A veces doy hasta cinco o seis vueltas, aun a sabiendas que nunca llegará antes de las 4.30 de la mañana.


A veces voy al baño aunque no tenga ganas.


No sé qué hacer con el insomnio. Un amigo escultor me dijo que todos los grandes hombres tienen ojeras y desde entonces me la paso viéndolos.


Veo las ojeras de presidentes y líderes mundiales, de empresarios, artistas, escritores y hasta de mis vecinos, amigos, limosneros, como queriendo comprobar que las personas exitosas las tienen y las fracasadas no.


Ah, y me acuerdo de Romina, mi amiga. Es guapísima pero ella piensa que está muy narigona. En mi opinión se ve distinguida, como aristócrata, pero ella se la pasa viendo narices y amenazando con una cirugía estética.


A quien se les está cayendo el pelo se la pasan viendo cabelleras; a los que les está saliendo barriga se la pasan viendo barrigas, quien se está haciendo petacón, igual.


Mira, insomnio. Te reto, te reto a que me molestes más. Te voy a ignorar de ahora en adelante, lo peor que puede pasar es que cambie mi horario de trabajo. De hoy en adelante voy a portar mis ojeras con orgullo, aunque sólo yo las vea grandes.


A los pocos días fui con un Doctor del sueño.


—Ideako, ¿no duermes bien o percibes que no duermes bien? —me dijo el doctor.


Pensé: ya no me confunda más, doctor.


Nadie se ha muerto de insomnio y, si fuera así, como quiera todos nos vamos a morir.

Ahí seguro que dormiré bastante.


Buenos días, insomnio. Soy yo, Ideako.


Son las 4.34 de la mañana de un martes lluvioso. Estoy escribiendo en la computadora.


Pero me levanté de buen humor, no luché contra ti, me puse mi viejísima bata roja y bajé a la cocina. Por la hora, no había ningún ruido en la calle, si acaso alguno que otro de los fantasmas de mi vecindario y que ya me acostumbré a ellos.


Preparé mi café orgánico de Chiapas. Estoy aquí saboreándolo mientras escribo estas líneas. Puse música barroca, con el volumen muy bajo.


En lugar de enojarme, lo que tengo que hacer es darte las gracias por aparecer a esta hora de la mañana. Esta vez decido que, en lugar de ponerme a luchar contigo y revolcarme en la cama maldiciendo, mejor me levanto y me pongo a escribir.


Gracias, insomnio. Tengo casi cuatro horas más para escribir concentrado en este silencio de madrugada, o igual reparto las horas entre escribir, leer y pintar.


El cafecito está muy bueno, y esto, querido insomnio, tú nunca lo podrás saborear.


Siguiente, parte 13: La Soledad

Última actualización el Lunes 23 de Noviembre de 2009 10:13
 
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Sábado 07 de Noviembre de 2009 12:06
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Ideako y su Mente Voladora Parte 11
Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(Esta es una historia ficticia con toques de realidad, y/o una real con toques de ficción, que fue escrita hace más de una década...... como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

Lugares nuevos; el mismo yo…?

Decía Swetchine: “Los viajes son la parte frívola de las personas serias y la parte seria de las personas frívolas”. Quién sabe qué quiso decir exactamente, pero lo que sí es que el viaje, el visitar otros lugares, el vivir fuera un tiempo, tiene una connotación transformadora.

Así como me fui a California con los Silverstein y me sentí curado; en cada viaje que realizaba tenía frente a mí la expectativa de obtener una nueva identidad, sobre todo mientras más largo fuera el viaje. Pero la capacidad de transformación por cambio geográfico tiene sus límites.

A los 20’s tempranos, el clásico premio era irse a Europa de mochilero, comprar un Eurail Pass para moverse en tren por el continente, tomarse fotos en la Torre Eiffel, el puente de Londres, la Torre de Pisa, en la puerta de Notre Dame; con el gondolero veneciano, con el inmóvil guardia inglés. Si se podía ligar alguna holandesa, belga o austriaca, qué bueno. Entre más rubias y altas mejor.

Yo estuve, ya hice. Palomeado.

Viajes de reventón, viajes de transformación, viajes de evolución, viajes astrales.

En una de esas veces que anduve por ahí vagando, y antes de casarme, decidí hacer una maestría en Estados Unidos.

Me inscribí en una maestría en Administración de empresas en la ciudad de Visalia, California. Fui ahí porque fue el único lugar en donde me dieron una beca. La vida de ciudad chica.

Era fascinante lo cotidiano del pueblo; nada como comerse un hot dog una tarde entre semana, mientras veía un juego de béisbol entre vecinos. Era un acontecimiento familiar, casi fraternal. El ritmo de la ciudad era tranquilo, nada que ver con Los Ángeles, la Ciudad de México, Sao Paulo o Monterrey; el clima, aparte, era increíble.

Fue una época tranquila, no era Stanford ni Harvard pero me la pasé muy bien. A veces pienso en regresar y quedarme a vivir allá con mi familia. Quizá me tope con Sharon –mi novia querida durante dos años- pero ni para qué moverle, seguramente ya se mudó de ciudad unas cuatro veces. Sharon era rubia, chapeada, pelo ondulado, alta, pecosa, con los ojos un poco abiertos de más. Ahora, décadas después, ni para qué pensar….igual y nos topamos en el aeropuerto y de golpe no nos reconocimos…?

Viaje existencialista y espiritual. Ése que la gente quiere hacer a la India, al Tíbet, a Nepal o a Egipto. La premisa es la misma: si viajo lo suficiente mi personalidad va a ser otra. Quizá en este viaje me encuentre con mis otras vidas pasadas... será?

Los que creen en la reencarnación con frecuencia citan a Egipto en sus otras vidas. Yo he pensado que fui vikingo, monje budista, escritor florentino, y de pronto tengo flashbacks de otras eras, pero creo que son más producto de las películas que he visto y los libros y comics que he leído. Tengo una sobrina que dice que son imágenes puestas por un ser superior para ayudarnos a sortear la vida actual, really?

En una de esas, terminé visitando Dharamsala, en la India, tratando de aprender de los descendientes de los monjes que huyeron del Tíbet cuando la ocupación china en 1959. Me motivó mucho el libro El Tercer Ojo, de Lobsang Rampa, que hablaba a detalle de su niñez y fue internado en un monasterio en Lhasa porque creían que él era la reencarnación de un gran maestro.

Quise explorar aquel mundo de austeridad y meditación, pero no duré ni tres meses. No me quise rapar, me moría de frío, de hambre y aburrimiento. Quizá yo no era tan espiritual como lo había creído, quizá al mentor que me asignaron le caí mal y tenía la misión de echarme del lugar lo más rápido posible. Me fui de ahí frustrado porque yo no era lo que creía o lo que quería ser en ese tiempo.

Después me enteré de que Lobsang Rampa, el escritor que me inspiró tanto sobre el budismo tibetano, era en la vida real un plomero londinense que nunca había visitado el Tíbet, y mucho menos un monasterio tibetano.

Tanto escándalo que hice cuando anuncié en una fiesta que iba a Dharamsala a internarme por tiempo indefinido en un monasterio. Vi con satisfacción la cara de asombro de mis amigos y amigas, la angustia de mis padres y de mi novia, pero estaba convencido que yo era especial y tenía una misión más allá de este banal mundo material.

Pero aquí estaba de regreso, con la cola entre las patas y los hombros encogidos.

No pude vivir en carne propia los libros de transformación espiritual. Podría contar tremendas historias una vez que llegara pero no sabía cuánto tiempo sería capaz de mantener las apariencias; tarde o temprano la máscara tendría que caer. Desde el punto de vista de la vida interior, regresaba casi igual a como me había ido; si acaso, más humilde.

Una tarde en la sala, en una siesta de perro de esas en las que pierdes la conciencia, experimenté un viaje astral. He tenido varios de ésos en los que sientes que se desprende tu alma del cuerpo y he llegado a tocar el techo, las rejillas del aire acondicionado, me he metido debajo de la cama y merodeado por ahí.

Pocas veces me he podido salir del cuarto y nunca, que yo recuerde, he podido viajar para ver a un ser querido en otra ciudad o en otro plano existencial. Curiosamente, desde que dejé de tener la intención de hacer viajes astrales, cesaron por completo. No sé si los sigo teniendo y simplemente es mi conciencia la que se desconectó.

Pero después de tantos tipos de viajes, de residencia en otros lugares, de la búsqueda espiritual y la breve incursión a los viajes astrales, yo me sentía muy igual, plain vainilla.

Un pensad or francés discutía hace varios siglos sobre la caja que tiene presa al alma; que lo animal de nuestro ser era el carcelero del espíritu y que, por pecadores, teníamos que limitarlo al estar encarnados.

Me pregunto qué estaría haciendo si el alma no tuviera esta caja biológica.

¿O es la caja biológica justamente la que fabrica al alma?

En ocasiones me he sentido muy diferente a los demás. ¿Tú? Como que no pertenezco, no sé qué, ni para dónde ir, y menos de dónde vengo. A veces siento que voy a amanecer y estaré en otro mundo, o que mientras dormía estuve en otro mundo lejano y que gracias a la física cuántica y los hoyos negros espaciales, voy y vengo como si nada.

Algunos científicos teorizan sobre la posibilidad de que hace miles de años los extraterrestres “plantaron” humanos cuando su planeta coincidió con el nuestro en una remota órbita que ocurre cada dos mil años. Es decir, quizá venimos de otro planeta o estrella que por una pequeña ventana en el tiempo coincide en el espacio con la Tierra.

De otro planeta o no, lo que sí es que somos nómadas. Nómadas desde que viajamos constantemente a 1,670 kilómetros por hora sobre nuestro propio eje y a 107.244 kilómetros por hora alrededor del sol. Nos movemos siempre. Nunca estamos quietos. Y esta reflexión en el nivel macro se aplica al nivel micro.

Estamos compuestos por millones de células independientes y que tienen vida propia. Es un colectivo que cambia siempre. Nada se queda nunca igual. Además en nuestro cuerpo se encuentran componentes estelares, uniéndonos en uno con el Universo.

Física cuántica, ondas y partículas; pero en lo que más pienso es en mis tiempos de la maestría en Visalia. Sería el lugar, la edad, el contexto, o quién sabe. Pero sin tanta complejidad, sin tanto cuestionamiento, apaciguado, me dediqué a disfrutar en grande: béisbol entre semana, hot dogs con pepinillos, árboles frondosos, la expresión de Sharon, el clima, los amigos, la maestra Meredith, el ambiente. Siempre sonrío cuando recuerdo a Visalia, como ahora mismo.

Hay riqueza en el ir de aquí allá, pero a donde vas, te llevas a ti mismo.

El viaje ilustra, pero lo que te cambia es el tiempo.

.........Parte 12 en 15 días

 

Última actualización el Sábado 07 de Noviembre de 2009 12:26
 
Ideako y su Mente Voladora Parte 10 Descargar como PDF
Sábado 17 de Octubre de 2009 14:06
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Ideako y su Mente Voladora Parte 10
Memorias, Confesiones, Invenciones, Alucines

(
Esta es una historia ficticia con toques de realidad, y/o una real con toques de ficción, que fue escrita hace más de una década...... como antecedente, lee la parte 1 de esta serie)

 

Del Viaje y la Habitación 514

Con el viaje tienes mucho tiempo para pensar. De las 52 semanas del año estaba fuera 35. ¿Suena glamoroso? Lo fue en su tiempo.

Recién egresado de la Universidad anhelaba ansiosamente que me enviaran en viaje de negocios. Podía ser para atender la queja de un cliente o para recabar la firma de algún directivo importante; lo que fuera con tal de viajar.

Pero ya no es así.


Fue al regreso de Greensboro, en Carolina del Norte, cuando la gota se derramó.

Después de una mala noche, me levanté a las 5.00 am para tomar el avión de las 7.45. Era domingo y el plan era llegar a México a las 12.45, a tiempo para la comida familiar. Pero llegué a las 17.45 del día siguiente.


Diez minutos antes de abordar el vuelo programado anunciaron una falla mecánica y pidieron que hiciéramos fila en el mostrador para que los agentes nos dieran opciones de vuelo. Después de una hora de espera decidí ir a buscar un boleto con otras aerolíneas. Nada. Greensboro es pequeño y, como había un gran evento ahí, todos los vuelos estaban saturados.


Después de dos semanas de estar en este pueblito quería regresar a como diera lugar. Señorita, por favor mándeme vía Atlanta, Houston, Dallas, Nueva York o Chicago, sólo sáqueme de aquí. Pero no se podía por las limitaciones del boleto promocional que traía: que no hay pasillo ni ventana; no hay lugar a ninguno de esos destinos; sólo hay disponibilidad para el día siguiente en stand by.


Nos pidieron que fuéramos por las maletas. Las mías estaban perdidas —y eso que ni siquiera salió el avión. Una hora y media tardaron en encontrarlas. Se calentaron los ánimos: los pasajeros empezaron a insultar y gritar.


Cinco horas después, con hambre, tenso, molesto, me consiguieron un lugar en el vuelo a Atlanta. Era un avión pequeño de dos plazas de cada lado. Me tocó una ventana y de vecino un hombre obeso y enorme. Al sentarme, todo mi lado derecho sentía todo su lado izquierdo. Excepto la cabeza, sentía las formas y el volumen de su figura. Sentí que el aire se me iba.


Decidí bajarme del avión. Me sentí mal por el señor y me sentí mal por lo intolerante que me había portado, pero me dio miedo la falta de aire.


Como ya habían subido las maletas al avión, se pusieron a buscar las mías para bajarlas. Sólo bajaron una y la otra se fue a su destino original.


No había de otra, a Charlotte en carretera, una ciudad a dos horas de ahí. Ahí dormiría y el día siguiente volaría a Dallas y de ahí a México. Encontré un hotel hasta el cuarto intento; llegué a pensar que lo mejor era que el taxi me llevara a México.


El restaurante estaba cerrado. Encontré una tienda de conveniencia y compré galletas, cacahuates, chicles, dos cervezas, dos revistas, un chocolate con almendras, agua y no sé cuantas cosas más que engullí mientras veía la televisión.
Hay gente que con la ansiedad se le quita el hambre, dichosos. Pijamas, ni para qué, ya habían llegado a México. Hacía frío en la habitación y la calefacción no estaba conectada: “It’s not winter time yet, señor”. Me acosté pensando en Chevy Chase.


Este tipo de viaje me tiene cansado; pero también hay otro tipo de viajes interesantes: los astrales, físicos y mentales.


El viaje es como estar en el limbo. En ese lugar que no es ni cielo ni infierno ni purgatorio. En el limbo simplemente se está en veremos, en un entretanto.


Si vas cómodo y no te toca viajar al lado de situaciones o personas imposibles, el trayecto puede ser interesante. Si es en tren, en avión o autobús, no puedes salirte del artefacto; tienes que quedarte ahí hasta llegar a una parada programada. Entonces te quedas quieto. Dejas de preocuparte por hacer algo productivo.

Te echas a dormir, te pones a leer, te quedas viendo al techo; te das permiso de muchas cosas porque no tienes opción. Y empieza la fantasía, las memorias, la imaginación, la meditación. La mente se va quién sabe a dónde y se convierte en un viaje mental.


En los aviones algunos pasajeros se ponen a beber alcohol como si se tratara de una fiesta o si sufrieran un despecho amoroso: Uno, otro, otro, otro; -señodita, no sea maditaa, una más pod favod, ¿sssííí? A éstos no les basta el escape temporal del traslado y la visita al limbo.


No falta el conversador que se topa con el que está harto; el señor que quiere ligarse a la muchacha que no tiene escapatoria; el saludador amigo de todos; el malhumorado quejándose del servicio; ah, y el zombie que nunca falta y que normalmente se le reconoce por su corbata desabrochada y la mirada perdida.


El viaje sabe a miel cuando tienes veinte años pero en exceso es como un castigo. ¿Millas extras de premio, más boletos de avión? No, gracias, si me quieren premiar, no me obliguen a viajar más.


De joven te sientes importante, mundano, conocedor, conquistador. Cualquier contacto con el sexo opuesto es una ocasión de posibilidad romántica. Es que el viaje es permisivo.


Pero es horrible cuando las maletas no llegan; que se cancelen los vuelos; que te acomoden en asiento de en medio, allá en el fondo junto a los baños; que te dé diarrea en pleno vuelo; que no te sirvan de beber porque están muy ocupados; que el taxi no conozca tu destino; que el hotel sea sucio y ruidoso, viejo y oloroso.

¿Viajero amargado? Puede ser, pero el viaje de placer es otra cosa: los tiempos son laxos, no hay citas y el ambiente es otro. Hay inconvenientes, pero es diferente.


Me quejo del viaje cada vez que puedo.

Me quejo de que no viajo lo suficiente.


Cuando no salgo y pasan tres o cuatro semanas me siento ansioso y quiero salir otra vez.


Recuerdo un viaje y la habitación 514.


Aaaahhh, la habitación 514.

Fue una cosa deliciosa. El cuarto del hotel me sentó bien. Amplio, limpio, fresco. Sólo yo y nadie más. Ahí estaba. Me arrullaba el aire acondicionado y frente a mí estaban dos camas para que escogiera .


La luz perfecta. El sillón un poco incómodo, pero era mío. Suspiraba tranquilo. Podía arrojar la ropa a donde quisiera, podía bañarme con la puerta abierta, podía vestirme sin prisa. Podía tomarme mi tiempo para rasurarme y verme en el espejo todo lo que yo quisiera. Podía bailar o cantar por toda la habitación, desnudo o vestido.


Una habitación de hotel de medio pelo y yo lo sentía como un pedazo del cielo.

Todo era perfecto.


Me acompañaba con una buena cantidad de revistas. Ah, cómo gozo las revistas. Revistas de negocios, de moda, de chismes. Podía leerlas a mi paso y detenerme a ver el más banal de los anuncios.


Ahí estaba aislado. Solo, tranquilo, en silencio. Nadie a quién regañar ni nadie que me regañara. No había ocasión para discusiones. No había necesidad de iniciar una conversación; si acaso con uno mismo. Pero la verdad, ni ganas de conversar. Tan sólo era cuestión de estar ahí. Sin demandas, sin presiones, sin responsabilidades.

El tiempo y el espacio eran míos.


Fui adoptado temporalmente por el 514. Me masajeó el alma y me descansó el cuerpo. Tranquilo, privado, anónimo.


Ahhh, suspiraba, ahhh, qué placer. Ahhh, qué bien me siento aquí.

Abandonado al placer privado, una voz interna súbitamente me asaltó con fuerza y de manera súbita llegó una energía demandando mi atención.


—Ideakoooo, Ideakoooo. Cuidadoooo, cuidaddoooo. Estás disfrutando de más. Cuidado porque te puede gustar. Tienes que seguir siendo competitivo, luchando, peleando. No te relajes tanto.


Y mi cuerpo se encogió. Primero fue el miedo, el mecanismo de defensa; luego fueron las ganas de agarrar esa voz que me asaltó y ahorcarla, y después las ganas de salir corriendo del lugar.


Se me olvidaba, se me olvidaba mi carrera al éxito. Esa carrera que no da chanza de descansar, que no da permiso, que no deja reflexionar, que demanda presión constante.


¡No hay victoria para el que descansa! Ideako, ¡levántate! el deber te llama!
Encerrado en un cuarto no se puede cumplir. Hay que estar frente a la acción; frente a las citas, los encuentros, las negociaciones. El trabajo tiene que ser mucho y tiene que ser productivo.


Gulp, si me encierro no avanzo. Tengo que salir del cuarto y regresar a la vida. Tengo familia y me está esperando. Pero ahí no queda la cosa.

Mañana tengo que trabajar. Tengo que atender a mis empleados y a mis jefes.

Tengo responsabilidades.


Tengo peso sobre la espalda. Tengo que cuidar el flujo de efectivo y ver la forma de incrementar el margen de los productos que vendemos. Tengo que lidiar con un competidor nuevo que nos pirateó a tres personas. Tengo que correr a Franz, no sabe hacer equipo. Tengo miedo de que me corran a mí por no correrlo. Tengo que gastar energía en agrandar mi puesto. Tengo que hacer lo urgente cuando realmente lo que quiero hacer es lo importante. Tengo que decidir la diferencia entre lo urgente y lo importante; la diferencia entre eficacia y eficiencia.


La familia y el trabajo son un tesoro, pero hasta de los tesoros se necesita distancia de vez en cuando. Ahí está el rey Midas, que se indigestó con su oro.


Odio los viajes, pero los amo. De repente aparece un viaje como el de la habitación 514 y no quiero que termine; pero si no terminara ya no sería viaje...


Me levanto de la tina de baño, aviento el periódico medio mojado. Vacío la copa de vino tinto al excusado. Me seco, me visto, empaco, checo la salida, tomo un taxi al aeropuerto. Señorita, quiero adelantar mi vuelo a Monterrey para aprovechar parte del día en la oficina, ¿me puede ayudar?


(En 15 Días Parte 11)

Última actualización el Lunes 19 de Octubre de 2009 12:07
 
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