¿A quién dejo en mi lugar?

"Ya hice lo mío; ya me voy a retirar. Ya no funciono igual, no soy tan audaz, me hice conservador y me falta poco para irme. ¿A quién dejo en mi lugar? ¿Quién va a continuar?".

La sucesión, eventualmente, se hace inminente. Por más que se aferre el dueño, por más que quiera vivir después de la muerte a través de la vida de sus negocios, el momento del relevo llega.

No hay líderes para todas las etapas y todos tienen vigencia. Pueden ser rebasados por el tamaño y la complejidad creciente de su negocio, por su edad o simplemente porque el entorno ya cambió, menos él.

Los dueños de negocio, directivos, funcionarios públicos y emprendedores tienen dos opciones a la hora de retirarse: retirarse con gracia o retirarse en la desgracia.

Con gracia es con agradecimiento, humildad y un reconocimiento de que hay tiempos para todo; en la desgracia es con resentimiento, despecho y porque ya no les queda de otra.

Este segundo caso, más común de lo que se cree, la lucha por seguir vigente puede durar años y llevar a un dueño de negocio a hacer cosas insospechadas, inconscientes y hasta perversas.

En esencia, el dueño se quiere hacer indispensable y lo logra justamente a base de hacerse indispensable. Aquí algunas formas.

1. No delega. Sigue centralizando las decisiones y su organización es solar. Al centro el gran jefe, el macho alfa, que se aferra al poder y a todas las ganancias implícitas de ser el protagonista.

2. No institucionaliza. Si un negocio ha de crecer, solo es a base de institucionalizarse. La toma de decisiones tiene que tecnificarse, al igual que la definición de criterios en la asignación de recursos y las métricas.

3. Genera problemas y una crisis tras otra. Desde el subconsciente y topado en su capacidad de gestión, ante un inminente retiro, o incluso en casos de extremo aburrimiento, le da por crear problemas. Toma malas decisiones o deja de tomarlas y la empresa se torna un caos intermitente. Naturalmente, el único que tiene el poder para remediarlos es él mismo. Esto le brinda una sensación de bienestar al sentirse útil y vigente, aunque sea en la irrelevancia.

4. Lincha. Los chivos expiatorios tienen múltiples ventajas: le quitan responsabilidad (no es su culpa), reafirma su poder y aplaca las inquietantes y disruptivas ideas de innovación. Nadie se mueva, todo sigue igual.

5. Se rodea de personas incompetentes, ya que esto lo hace lucir más competente. Él está bien si los que tiene a su alrededor están mal.

6. Elimina a posibles sucesores. Gente capaz y con potencial de sucesor es eliminado en la primera de cambios. Le oculta, lo confunde, le pone trampas y lo acaba exhibiendo.
También excluye a los familiares: los hijos nunca estarán listos para un dueño que no se quiere ir, aunque quiera aflojarle.

Naturalmente, esto tiene consecuencias. Los negocios, o para el caso la gestión, es una proyección del consciente y el subconsciente de sus líderes.

En las empresas, algunas consecuencias:

1. Se pierde participación de mercado; rara vez se mide bien, pero el caso es que aflora con el tiempo. Hay deserción de clientes y los nuevos llegan cada vez menos.

2. Fijación funcional: se enterca en sus decisiones. Se activan los sesgos de confirmación y, a base de autoridad, se cesan las innovaciones.

3. Se deja de invertir en ventajas competitivas y sólo se piensa en la utilidad de operación del ejercicio actual. Se confunden las inversiones con gasto.

4. Las ventas cuestan cada vez más trabajo y los culpables son los vendedores; nunca el modelo de negocio, la propuesta de valor o el producto y servicio que lentamente se erosionan.

Como cierre, hago una nota particular sobre los hijos de este tipo dueños de negocio:

Los hijos no están para continuar con los sueños de sus padres; cada generación con su propia agenda.


Texto generado sin IA

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