Antes de la mayoría

La mayoría siempre acaba siendo manejada por una minoría. Hasta en gobiernos democráticos, donde se "gobierna por el pueblo y para el pueblo", la realidad es que son las minorías activas, organizadas y enfocadas las que determinan el rumbo.

Las revoluciones y las innovaciones en general suelen ser catalizadas por un puñado de personas que se alinean en torno a un objetivo y no porque la gran masa súbitamente decide hacer algo para cambiar el statu quo.

Este fenómeno se puede apreciar en las organizaciones: tanto en empresas globales, corporativos regionales o en microempresas. Las decisiones fundamentales son típicamente tomadas por un grupo pequeño de personas clave que se ponen de acuerdo en cuanto a dónde ir y listo.

El destino de un producto o servicio nuevo también depende de una minoría que tiene la capacidad de influir en una masa de mercado menos aventurada. Y si bien son las mayorías las que finalmente determinan el grado de rentabilidad que tiene un emprendimiento, son los innovadores los que le dan factibilidad para que sean adoptados por el resto. Por eso, a la hora de lanzar nuevos productos o servicios, la discusión tiene que centrarse inicialmente alrededor de los innovadores y los imitadores tempranos, no de las mayorías.

Es que cuando una mayoría finalmente hace algo, lo hace como una consecuencia inevitable de lo que una minoría ya planteó y propuso. Como si fuera un mandato no articulado pero definitivo, la masa actúa, en la mayoría de las veces sin darse cuenta, con base en acciones previamente disparadas por la minoría.

Adicionalmente, la mayoría suele ser incompetente: en lugar de hacer estrategia se enfoca en lo táctico; en lugar de articular una visión se centra en objetivos de corto plazo; en lugar de atender a lo importante atiende a lo urgente; y en lugar de pensamiento original y abstracto apela al pensamiento concreto, imitador y redundante.

Una mayoría es manipulable porque cuando los individuos están todos juntos, en bola, pierden su individualidad y su capacidad de autocrítica. Se dejan llevar por el psique colectivo, como puede apreciarse en los grandes movimientos sociopolíticos de nuestra historia; por ejemplo: guerras irracionales o líderes ineptos e ignorantes que son elegidos democráticamente.

Y es que una mayoría está a un pasito de convertirse en fanática, de abrazar una causa, una creencia o a un líder. Los individuos que forman parte de un grupo masivo siempre están tentados a adherirse a un movimiento; si lo hacen, sus problemas personales se transfieren en automático al colectivo y sus preocupaciones se diluyen en la masa. Además, en lugar de que el individuo cargue con su propio peso, con la ambigüedad, la ambivalencia y la angustia que acompañan a cualquiera que está vivo, éste es cargado por el grupo.

Se requiere de alguien creativo para que sacuda a la mayoría, que la regrese a la consciencia, que la golpee en la cara con su idea, su arte, su invento. Necesitamos de alguien creativo que nos haga despertar del zombismo sistémico con el que estamos condicionados a vivir.

Estos individuos, que se niegan a ser engullidos por el sistema, son los provocadores de los cambios y para que logren impactar su entorno se necesita que tengan:

1. Originalidad. La capacidad para ver, sentir e interactuar de una manera diferente.

2. Atrevimiento. Se requiere que el original salga del closet y se exponga a la crítica de la masa.

3. Capacidad de convocatoria. Además tiene que ser un inspirador, instigador y agitador, que sepa provocar a los grupos, aunque sea a una pequeña minoría al principio.

4. Oportunidad. Nada le gana a estar en el momento adecuado.

 Y ¿qué pasa cuando un innovador finalmente es aceptado por la masa, cuando su visión original se convierte ya en algo cotidiano y establecido?

Una vez que algo, lo que sea, se establece y se instala, se convierte en "lo anterior", en lo que "siempre se ha hecho" y queda activado un proceso limitativo y potencialmente castrante que invita a la entropía y, eventualmente, en la peor de sus manifestaciones, el fundamentalismo. Por eso es importante que se reinicie el ciclo de los individuos y las minorías, una y otra vez.

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Aprender a ser