Eficiencia que mata
“De poco sirve ir bien y rápido si no se va a ningún lado”.
Es un error común que la alta dirección se deje rebasar por la operación diaria y se desconecte de la estrategia y las prioridades. La obsesión por ser productivos, de manejar una relación insumo-producto eficiente, acaba por confundir a la organización.
Para colmo, el sistema de métricas de la mayoría de las empresas, tiene la mira puesta en temas de eficiencia. El hecho de que se gaste menos que el año pasado, que la productividad por empleado mejore, o que se opere con menos capital de trabajo, son logros dignos, pero no bastan.
Hacer más con lo mismo suena maravilloso, pero también puede ser mortal. La eficiencia como objetivo primordial tiende a desviar la atención del desarrollo de ventajas competitivas y deja la puerta abierta a los ataques de competidores innovadores o disruptivos.
Por eso no podemos dejar de cuestionarnos el rumbo.
Una empresa con un desempeño apenas aceptable, pero con un enfoque estratégico claro, tiene mayores probabilidades de avanzar y sostenerse en el tiempo que una organización altamente eficiente pero carente de dirección.
Resulta más relevante comprender hacia dónde se orientan los esfuerzos y recursos, que limitarse a optimizar procesos sin un propósito definido.
El cómo es importante; pero el qué es determinante.
Texto generado sin IA