La paloma mensajera

“Cuando una organización deja de escuchar, empieza a perder sin darse cuenta”.


Antes de que existieran cables, satélites o mensajería electrónica, el destino de una población entera podía viajar en una paloma. Se le ataba un diminuto cilindro a la pata —a veces con órdenes militares, a veces con súplicas políticas— y se le soltaba sabiendo que quizá no volvería. 

En tiempos de guerra se les disparaba, se entrenaban halcones para cazarlas y se celebraba su muerte porque con ellas caía también la verdad que transportaban. No eran sacrificadas por lo que eran, sino por lo que podían revelar. 

Desde entonces, el poder aprendió una lección incómoda: cuando el mensaje es peligroso, eliminar al mensajero parece más fácil que enfrentar la realidad.

Hoy es igual: se sigue matando al mensajero. A la organización no le gustan los que dicen la verdad plana y llanamente, los que piden que la organización atienda cosas "desagradables" como las quejas de los clientes, problemas de entrega y broncas de calidad de producto. 

El aparato burocrático entra en acción para evitar que este tipo de información fluya a los niveles más altos. Uno tapa al otro, el otro tapa al que sigue, las presentaciones se “maquillan” y así, hasta que se desvanecen las señales de alerta.

Pero llega el momento en que el caos habla por sí solo, y entonces surgen las preguntas: ¿Por qué nadie dijo nada? ¿A quién le tocaba esto? ¿Cómo permitieron esto otro?

Las organizaciones no colapsan el día que todo sale mal, sino el día que dejan de escuchar lo que ya estaba saliendo mal. 


Texto generado sin IA

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El mercado no perdona